El seguro que te cuida de todo, menos de tener seguro
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Hay descubrimientos que cambian la manera de ver el mundo, y luego está el hallazgo que motivó a los diputados de Nuevo León a pedir que se regulen los seguros de gastos médicos mayores: un mismo procedimiento médico puede costar hasta 50% más cuando el paciente tiene seguro. Sí, leyó bien. El instrumento que usted contrató precisamente para no quebrar es, en no pocos casos, la razón por la que le cargan la mano.
La lógica es de una elegancia perversa. Sin seguro, usted es un cliente que paga de su bolsa y regatea. Con seguro, usted deja de ser el que paga y se convierte en el que autoriza: quien paga es una aseguradora con miles de pólizas, y entre el hospital y esa aseguradora florece lo que los legisladores describieron como una red de negocio con prácticas opacas. Usted, que creía ser el protagonista de su propia salud, resulta ser apenas el testigo que firma.
Los diputados pidieron reglas claras para que los pacientes no terminen absorbiendo los sobrecostos de ese juego de pinza entre hospitales y aseguradoras. Loable. Aunque hay algo casi filosófico en el asunto: pagaste durante años una mensualidad para blindarte contra la catástrofe, y la catástrofe resultó ser el propio blindaje, que le avisa al sistema que traes con qué.
El paciente promedio queda entonces en una encrucijada muy nuevoleonesa: si no tienes seguro, rezas para no enfermarte; si tienes seguro, rezas para que no se enteren de que lo tienes. En ambos casos, la oración es parte del tratamiento.
Ojalá la regulación llegue y funcione. Mientras tanto, la recomendación práctica es la de siempre en estas tierras: lea las letras chiquitas, pregunte el precio con seguro y sin seguro —como quien compara el kilo de tortilla en dos tortillerías— y prepárese para descubrir que, en la aritmética de los hospitales, estar protegido a veces sale carísimo.
La lógica es de una elegancia perversa. Sin seguro, usted es un cliente que paga de su bolsa y regatea. Con seguro, usted deja de ser el que paga y se convierte en el que autoriza: quien paga es una aseguradora con miles de pólizas, y entre el hospital y esa aseguradora florece lo que los legisladores describieron como una red de negocio con prácticas opacas. Usted, que creía ser el protagonista de su propia salud, resulta ser apenas el testigo que firma.
Los diputados pidieron reglas claras para que los pacientes no terminen absorbiendo los sobrecostos de ese juego de pinza entre hospitales y aseguradoras. Loable. Aunque hay algo casi filosófico en el asunto: pagaste durante años una mensualidad para blindarte contra la catástrofe, y la catástrofe resultó ser el propio blindaje, que le avisa al sistema que traes con qué.
El paciente promedio queda entonces en una encrucijada muy nuevoleonesa: si no tienes seguro, rezas para no enfermarte; si tienes seguro, rezas para que no se enteren de que lo tienes. En ambos casos, la oración es parte del tratamiento.
Ojalá la regulación llegue y funcione. Mientras tanto, la recomendación práctica es la de siempre en estas tierras: lea las letras chiquitas, pregunte el precio con seguro y sin seguro —como quien compara el kilo de tortilla en dos tortillerías— y prepárese para descubrir que, en la aritmética de los hospitales, estar protegido a veces sale carísimo.