Págame o no ves tu placa: el nuevo giro comercial del temporal tapatío
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Hay negocios que nacen con la primavera y otros que nacen con el aguacero. En Guadalajara, cada temporal de lluvias inaugura una industria efímera pero pujante: la del extravío y "rescate" de placas vehiculares. Funciona así de bonito. Llueve con esa contundencia tapatía que convierte una glorieta en alberca; la corriente arranca las placas de los coches y se las lleva de tour por el drenaje; y al día siguiente medio automovilista de la ciudad anda buscando su lámina como quien busca a un familiar desaparecido, con foto y todo, en las redes sociales.
Hasta ahí, la historia tiene su lado noble. Vecinos de buen corazón habilitaron espacios informales —una barda, un poste, una reja— donde van colocando las placas que encuentran, para que cada quien reconozca la suya. Un sistema de objetos perdidos montado por el pueblo, sin presupuesto, sin logo y sin conferencia mañanera. Conmovedor. Duró lo que dura la decencia frente a la tentación.
Porque en cuanto olió negocio, apareció el emprendedor de la extorsión: individuos que llaman al dueño asegurando que tienen su placa y que, por una "cooperación voluntaria" bastante involuntaria, se la devuelven. Un modelo de suscripción premium al infortunio ajeno. Los especialistas, con una paciencia que ya quisiéramos todos, recomiendan lo obvio: no pagar un solo peso, dejar clarito que uno no suelta lana y, mejor, denunciar y pedir la reposición ante la autoridad. Porque —y esto merece grabarse en cantera— la reposición de la placa es gratuita.
Gratuita. Sin costo. Cero. Que alguien se lo tatúe al conductor promedio antes de que le saquen hasta el aguinaldo por un rectángulo de metal. En Jalisco descubrimos que no hace falta capital ni maquinaria para montar una empresa: basta una tormenta, un teléfono y la desesperación del prójimo. Ojalá el ingenio que ponemos en cobrar por placas ajenas lo pusiéramos en tapar las coladeras que se las tragan. Pero eso, ya sabemos, no deja.
Hasta ahí, la historia tiene su lado noble. Vecinos de buen corazón habilitaron espacios informales —una barda, un poste, una reja— donde van colocando las placas que encuentran, para que cada quien reconozca la suya. Un sistema de objetos perdidos montado por el pueblo, sin presupuesto, sin logo y sin conferencia mañanera. Conmovedor. Duró lo que dura la decencia frente a la tentación.
Porque en cuanto olió negocio, apareció el emprendedor de la extorsión: individuos que llaman al dueño asegurando que tienen su placa y que, por una "cooperación voluntaria" bastante involuntaria, se la devuelven. Un modelo de suscripción premium al infortunio ajeno. Los especialistas, con una paciencia que ya quisiéramos todos, recomiendan lo obvio: no pagar un solo peso, dejar clarito que uno no suelta lana y, mejor, denunciar y pedir la reposición ante la autoridad. Porque —y esto merece grabarse en cantera— la reposición de la placa es gratuita.
Gratuita. Sin costo. Cero. Que alguien se lo tatúe al conductor promedio antes de que le saquen hasta el aguinaldo por un rectángulo de metal. En Jalisco descubrimos que no hace falta capital ni maquinaria para montar una empresa: basta una tormenta, un teléfono y la desesperación del prójimo. Ojalá el ingenio que ponemos en cobrar por placas ajenas lo pusiéramos en tapar las coladeras que se las tragan. Pero eso, ya sabemos, no deja.