Damos la cara (y de paso el recibo)
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La alcaldesa de Irapuato, Lorena Alfaro, salió a poner el dedo en la llaga presupuestal: desde que llegó la Cuarta Transformación, dice, los recursos estatales y municipales se limitaron y el dinero se concentró allá arriba, en la Federación. Su frase de cabecera ya merece placa: 'Somos los más de 2 mil 400 alcaldes los que damos la cara a la población para resolver los problemas cotidianos'. Traducción libre: la cara la ponen ellos; la cartera, otro.
El argumento tiene su lógica y su nostalgia. Según la presidenta municipal, en sexenios anteriores los municipios sí podían hacer gestiones y conseguir recurso; ahora la administración del erario se concentra a nivel federal y eso, asegura, obstaculiza obras y proyectos. El ejemplo estrella es doloroso: una clínica del IMSS para Irapuato que sigue atorada porque cambió la forma en que la Federación reparte el gasto de inversión.
Aquí es donde el guion se vuelve entrañablemente mexicano. El municipio culpa al estado, el estado culpa a la Federación, la Federación culpa al pasado, y el ciudadano —que no culpa a nadie porque anda ocupado esquivando baches— acaba pagando el mismo predial de siempre para recibir el mismo servicio de siempre. Es la cadena alimenticia de la política: cada eslabón da la cara y ninguno da el cheque.
Nadie discute que la centralización aprieta. Lo entretenido es la coreografía: los alcaldes, de todos los colores, redescubren su vocación de víctimas presupuestales justo cuando el recurso no alcanza, y no tanto cuando sobraba. 'Damos la cara' es una declaración noble, pero la población de Irapuato ya no quiere caras: quiere la clínica, quiere las calles y quiere, de perdis, saber a quién reclamarle sin que la pelota rebote tres niveles de gobierno.
Que la Federación centralice y que los municipios protesten es tan seguro como que en septiembre habrá desfile. La duda de siempre queda flotando sobre el Bajío: si todos dan la cara y nadie da el dinero, ¿quién le va a dar, por fin, la clínica a la gente? Mientras se resuelve, la alcaldesa seguirá dando la cara y el irapuatense seguirá dándose topes… contra la banqueta que tampoco hay presupuesto para arreglar.
El argumento tiene su lógica y su nostalgia. Según la presidenta municipal, en sexenios anteriores los municipios sí podían hacer gestiones y conseguir recurso; ahora la administración del erario se concentra a nivel federal y eso, asegura, obstaculiza obras y proyectos. El ejemplo estrella es doloroso: una clínica del IMSS para Irapuato que sigue atorada porque cambió la forma en que la Federación reparte el gasto de inversión.
Aquí es donde el guion se vuelve entrañablemente mexicano. El municipio culpa al estado, el estado culpa a la Federación, la Federación culpa al pasado, y el ciudadano —que no culpa a nadie porque anda ocupado esquivando baches— acaba pagando el mismo predial de siempre para recibir el mismo servicio de siempre. Es la cadena alimenticia de la política: cada eslabón da la cara y ninguno da el cheque.
Nadie discute que la centralización aprieta. Lo entretenido es la coreografía: los alcaldes, de todos los colores, redescubren su vocación de víctimas presupuestales justo cuando el recurso no alcanza, y no tanto cuando sobraba. 'Damos la cara' es una declaración noble, pero la población de Irapuato ya no quiere caras: quiere la clínica, quiere las calles y quiere, de perdis, saber a quién reclamarle sin que la pelota rebote tres niveles de gobierno.
Que la Federación centralice y que los municipios protesten es tan seguro como que en septiembre habrá desfile. La duda de siempre queda flotando sobre el Bajío: si todos dan la cara y nadie da el dinero, ¿quién le va a dar, por fin, la clínica a la gente? Mientras se resuelve, la alcaldesa seguirá dando la cara y el irapuatense seguirá dándose topes… contra la banqueta que tampoco hay presupuesto para arreglar.