Cien años no es nada... salvo 65 mil expedientes: la institución que se niega a morir
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Hay instituciones que celebran su centenario con una placa, un discurso y un brindis. La Junta Local de Conciliación y Arbitraje de la Ciudad de México lo festeja de otra forma: con 65 mil 731 juicios laborales todavía sin resolver, un número que da para preguntarse si lo que se acumula ahí son expedientes o sedimento geológico.
El dato que corona la fiesta lo dio su propio presidente: el caso vivo más antiguo es de 1986. Cuarenta años. Un juicio que ya tiene edad para ser papá, hipotecar una casa y andar pensando en su retiro. Y está, oficialmente, "en etapa de ejecución", que en la jerga judicial significa "ya mero", y en la vida real significa que el trabajador que lo interpuso probablemente ya ni se acuerde de por qué demandó. El detalle final es de manual del absurdo mexicano: el patrón contra el que se presentó la demanda ya falleció. Ganó por incomparecencia terrenal.
Pero lo mejor no es el rezago, sino el estatus del organismo: está "en proceso de extinción". Desde la reforma de 2020, la Junta dejó de recibir asuntos nuevos y solo sigue existiendo para terminar de despachar lo viejo. Es decir, es una institución que ya firmó su acta de defunción pero no puede morirse hasta acabar la tarea. Un fantasma con horario de oficina. El único ente burocrático del país cuya meta de vida es dejar de vivir y que, a este paso, alcanzará el descanso eterno para, calculando con generosidad, el próximo siglo.
Uno entiende ahora por qué en México "conciliación" y "arbitraje" suenan a promesas de larguísimo plazo. Aquí no se pierden los juicios: se heredan. Se pasan de generación en generación como la vajilla de la abuela, el terreno del ejido o el rencor familiar. Cabe imaginar la escena: un nieto llegando a las oficinas con una carpeta amarillenta bajo el brazo, diciendo "vengo por lo de mi abuelo", y un funcionario respondiendo, sin levantar la vista, "tome asiento, en breve lo atendemos". En breve. Como en 1986.
Feliz centenario, estimada Junta. Que cumplas muchos más, aunque —seamos honestos— eso es justo lo que todos temíamos.
El dato que corona la fiesta lo dio su propio presidente: el caso vivo más antiguo es de 1986. Cuarenta años. Un juicio que ya tiene edad para ser papá, hipotecar una casa y andar pensando en su retiro. Y está, oficialmente, "en etapa de ejecución", que en la jerga judicial significa "ya mero", y en la vida real significa que el trabajador que lo interpuso probablemente ya ni se acuerde de por qué demandó. El detalle final es de manual del absurdo mexicano: el patrón contra el que se presentó la demanda ya falleció. Ganó por incomparecencia terrenal.
Pero lo mejor no es el rezago, sino el estatus del organismo: está "en proceso de extinción". Desde la reforma de 2020, la Junta dejó de recibir asuntos nuevos y solo sigue existiendo para terminar de despachar lo viejo. Es decir, es una institución que ya firmó su acta de defunción pero no puede morirse hasta acabar la tarea. Un fantasma con horario de oficina. El único ente burocrático del país cuya meta de vida es dejar de vivir y que, a este paso, alcanzará el descanso eterno para, calculando con generosidad, el próximo siglo.
Uno entiende ahora por qué en México "conciliación" y "arbitraje" suenan a promesas de larguísimo plazo. Aquí no se pierden los juicios: se heredan. Se pasan de generación en generación como la vajilla de la abuela, el terreno del ejido o el rencor familiar. Cabe imaginar la escena: un nieto llegando a las oficinas con una carpeta amarillenta bajo el brazo, diciendo "vengo por lo de mi abuelo", y un funcionario respondiendo, sin levantar la vista, "tome asiento, en breve lo atendemos". En breve. Como en 1986.
Feliz centenario, estimada Junta. Que cumplas muchos más, aunque —seamos honestos— eso es justo lo que todos temíamos.