En Chihuahua no hay radiación, y la prueba científica es que nadie fue a checar
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Duerman tranquilos, chihuahuenses: no hay riesgo radiactivo en el estado. La afirmación viene con un respaldo metodológico impecable que conviene saborear despacio. El instituto federal responsable reconoció que en los últimos cinco años no ha realizado investigaciones, estudios ni proyectos en la entidad, y que tampoco cuenta con equipos de la Red Nacional de Monitoreo Radiológico operando por aquí. Es decir, la conclusión no nace de medir y no encontrar nada; nace de no medir. Que es distinto, aunque en el boletín se lea igual de bonito.
Es el sueño húmedo de cualquier estudiante: aprobar la materia porque el maestro nunca aplicó el examen. Si no hay reactivo, no hay reprobados. Si no hay geiger, no hay bequereles. Con esa vara, mi cocina es un quirófano esterilizado: nadie ha pasado un hisopo, luego, resplandece. Y mi coche pasó la verificación con honores porque jamás lo llevé.
Lo delicioso del asunto es la seguridad con que se comunica la calma. No dijeron 'no sabemos', que sería honesto; dijeron 'no hay riesgo', que suena a resultado. Entre ambos hay un abismo del tamaño de un presupuesto no ejercido en cinco años. Uno imagina la Red Nacional de Monitoreo como esos gimnasios que uno paga y nunca pisa: existe en el papel, cobra membresía y jamás lo verás sudar.
Que conste: ojalá de verdad no haya nada que temer, y muy probablemente así sea. El punto no es sembrar pánico atómico en plenas fiestas patrias; el punto es que 'todo está bien' y 'no fuimos a ver' no deberían caber en la misma oración oficial sin que a alguien se le suba el color. Porque con esta escuela de vigilancia, el día que sí haya algo raro, nos vamos a enterar por el mismo conducto: un boletín que asegure, muy quitado de la pena, que no se ha detectado absolutamente nada. Faltaría el asterisco de siempre: nadie trajo el aparato.
Es el sueño húmedo de cualquier estudiante: aprobar la materia porque el maestro nunca aplicó el examen. Si no hay reactivo, no hay reprobados. Si no hay geiger, no hay bequereles. Con esa vara, mi cocina es un quirófano esterilizado: nadie ha pasado un hisopo, luego, resplandece. Y mi coche pasó la verificación con honores porque jamás lo llevé.
Lo delicioso del asunto es la seguridad con que se comunica la calma. No dijeron 'no sabemos', que sería honesto; dijeron 'no hay riesgo', que suena a resultado. Entre ambos hay un abismo del tamaño de un presupuesto no ejercido en cinco años. Uno imagina la Red Nacional de Monitoreo como esos gimnasios que uno paga y nunca pisa: existe en el papel, cobra membresía y jamás lo verás sudar.
Que conste: ojalá de verdad no haya nada que temer, y muy probablemente así sea. El punto no es sembrar pánico atómico en plenas fiestas patrias; el punto es que 'todo está bien' y 'no fuimos a ver' no deberían caber en la misma oración oficial sin que a alguien se le suba el color. Porque con esta escuela de vigilancia, el día que sí haya algo raro, nos vamos a enterar por el mismo conducto: un boletín que asegure, muy quitado de la pena, que no se ha detectado absolutamente nada. Faltaría el asterisco de siempre: nadie trajo el aparato.