Los parquímetros de Gómez Morín ya están prendidos, pero todavía no hay que alimentarlos con monedas
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Buenas noticias para el bolsillo parralense, con fecha de caducidad incluida. Los parquímetros de la avenida Gómez Morín ya fueron instalados y encendidos, pero el administrador del Consejo de Parquímetros salió a aclarar un detalle crucial: aunque ya están prendidos, todavía no es obligatorio depositarles monedas, y las multas 'se darán a conocer próximamente'. Es decir, el aparato ya trabaja, pero aún no cobra. Como esos meses de prueba gratis que uno acepta sabiendo perfectamente que el cargo automático viene en camino.
Hay algo entrañable en un parquímetro en periodo de gracia. Ahí está, iluminado, digno, contando el tiempo de nadie, esperando el día en que le den permiso de morder. Es la burocracia en su forma más pura: un dispositivo cuya única función es cobrar, estrenado con la promesa solemne de que, por ahora, no cobrará. Lo instalaron para que fuera viéndose, agarrando confianza con el vecindario antes de sacar las uñas.
El automovilista de Parral, mientras tanto, vive su idilio: estaciona junto al aparato encendido y no paga, en un limbo legal delicioso que sabe temporal. Porque el 'próximamente' de la autoridad es de los plazos más elásticos del idioma. Puede significar la próxima semana o el próximo sexenio; su gracia consiste precisamente en no comprometerse. Uno estaciona sin saber si hoy es el último día del amor libre o si todavía quedan meses de romance sin factura.
La recomendación de la casa es sencilla: disfruten el detalle mientras dure, pero no se enamoren. Los parquímetros son como esos gatos que primero se dejan acariciar y luego enseñan la garra. Hoy están prendidos y mansos; mañana amanecerán exigiendo su cuota con una multa por cada minuto de nostalgia. Y ese día, cuando el 'próximamente' se convierta en 'a partir de hoy', nadie podrá decir que no le avisaron con luz encendida.
Hay algo entrañable en un parquímetro en periodo de gracia. Ahí está, iluminado, digno, contando el tiempo de nadie, esperando el día en que le den permiso de morder. Es la burocracia en su forma más pura: un dispositivo cuya única función es cobrar, estrenado con la promesa solemne de que, por ahora, no cobrará. Lo instalaron para que fuera viéndose, agarrando confianza con el vecindario antes de sacar las uñas.
El automovilista de Parral, mientras tanto, vive su idilio: estaciona junto al aparato encendido y no paga, en un limbo legal delicioso que sabe temporal. Porque el 'próximamente' de la autoridad es de los plazos más elásticos del idioma. Puede significar la próxima semana o el próximo sexenio; su gracia consiste precisamente en no comprometerse. Uno estaciona sin saber si hoy es el último día del amor libre o si todavía quedan meses de romance sin factura.
La recomendación de la casa es sencilla: disfruten el detalle mientras dure, pero no se enamoren. Los parquímetros son como esos gatos que primero se dejan acariciar y luego enseñan la garra. Hoy están prendidos y mansos; mañana amanecerán exigiendo su cuota con una multa por cada minuto de nostalgia. Y ese día, cuando el 'próximamente' se convierta en 'a partir de hoy', nadie podrá decir que no le avisaron con luz encendida.