Quinto Informe, quinta vez que Michoacán vive su mejor sexenio
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Zamora fue esta semana el altar donde el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla rindió su Quinto Informe de Gobierno y, con la solemnidad de quien redescubre el agua tibia —o mejor dicho, el agua tratada—, anunció «inversiones históricas» en agua, carreteras y salud. Históricas, insistió, como si en Michoacán la historia empezara de cero cada mañana que hay micrófono encendido.
La joya de la corona fue el rescate del río Duero, con una inversión de 800 millones de pesos en coordinación con el Gobierno de México y los municipios de la cuenca. Ochocientos millones para un río que durante décadas fue tratado como drenaje a cielo abierto; ahora será, promete el discurso, un río rescatado. Le creeremos el día que un zamorano meta la mano al Duero y la saque sin necesidad de vacuna de refuerzo.
Se sumó el anuncio de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales de Zamora Norte, que tratará 192 litros por segundo tras una inversión de 526 millones de pesos. Cifras hermosas, dignas de enmarcarse, aunque el ciudadano de a pie mida el éxito con una vara más humilde: que salga agua de la llave y que no huela a promesa de campaña.
Pero lo verdaderamente memorable no fueron los millones, sino la filosofía. Bedolla sentenció que «otra manera de gobernar es posible» y que «con honestidad se recupera la confianza», apoyado en los tres pilares de la Cuarta Transformación local: el municipalismo, el orden financiero y la honestidad al servicio de la gente. Tres pilares que suenan divino en el estrado y que, aterrizados en la banqueta de cualquier colonia, se topan con un cuarto pilar no contemplado en el discurso: el bache.
Uno no duda de las cifras —son públicas y ahí están—; uno duda del calendario. Porque este es el quinto año consecutivo en que Michoacán, según el podio, vive el mejor momento de su historia reciente. Y si cada informe es histórico, entonces la palabra ya no significa nada: es como llamarle «heroico» al que llega puntual.
Que se rescate el Duero, en serio, ojalá. Que Zamora Norte trate sus 192 litros por segundo, bendito sea. Pero permítasenos a los de provincia un escepticismo módico: aplaudiremos el río limpio cuando lo veamos limpio, no cuando lo escuchemos limpio. En Michoacán ya aprendimos que entre el kilometraje del discurso y el del asfalto suele haber un pequeño derrumbe.
La joya de la corona fue el rescate del río Duero, con una inversión de 800 millones de pesos en coordinación con el Gobierno de México y los municipios de la cuenca. Ochocientos millones para un río que durante décadas fue tratado como drenaje a cielo abierto; ahora será, promete el discurso, un río rescatado. Le creeremos el día que un zamorano meta la mano al Duero y la saque sin necesidad de vacuna de refuerzo.
Se sumó el anuncio de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales de Zamora Norte, que tratará 192 litros por segundo tras una inversión de 526 millones de pesos. Cifras hermosas, dignas de enmarcarse, aunque el ciudadano de a pie mida el éxito con una vara más humilde: que salga agua de la llave y que no huela a promesa de campaña.
Pero lo verdaderamente memorable no fueron los millones, sino la filosofía. Bedolla sentenció que «otra manera de gobernar es posible» y que «con honestidad se recupera la confianza», apoyado en los tres pilares de la Cuarta Transformación local: el municipalismo, el orden financiero y la honestidad al servicio de la gente. Tres pilares que suenan divino en el estrado y que, aterrizados en la banqueta de cualquier colonia, se topan con un cuarto pilar no contemplado en el discurso: el bache.
Uno no duda de las cifras —son públicas y ahí están—; uno duda del calendario. Porque este es el quinto año consecutivo en que Michoacán, según el podio, vive el mejor momento de su historia reciente. Y si cada informe es histórico, entonces la palabra ya no significa nada: es como llamarle «heroico» al que llega puntual.
Que se rescate el Duero, en serio, ojalá. Que Zamora Norte trate sus 192 litros por segundo, bendito sea. Pero permítasenos a los de provincia un escepticismo módico: aplaudiremos el río limpio cuando lo veamos limpio, no cuando lo escuchemos limpio. En Michoacán ya aprendimos que entre el kilometraje del discurso y el del asfalto suele haber un pequeño derrumbe.