La denuncia con escala en Bélgica: llevan su preocupación al Parlamento Europeo
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Cuando uno está preocupado por la democracia de su país, tiene varias opciones a la mano: el Congreso local, los tribunales, la calle, la urna, la columna de opinión. Un sector del PAN evaluó todas esas alternativas y eligió, con visión de largo alcance, la más práctica: volar a Bruselas y entregar una carta en el Parlamento Europeo.
El argumento oficial es impecable en el papel: México y la Unión Europea comparten valores como la democracia, el pluralismo y la separación de poderes, así que qué mejor foro que ese para expresar la profunda preocupación por el deterioro del Estado de derecho y por las condiciones de la oposición. El detalle es que la última vez que se revisó el mapa, el deterioro se combate donde ocurre, no a cinco mil kilómetros y con conexión en algún aeropuerto europeo.
Hay algo tiernamente colonial en el gesto. Después de dos siglos celebrando que dejamos de rendir cuentas a una potencia de ultramar, un grupo de políticos decide, motu proprio, ir a pedirle a otra que nos eche un ojo. La independencia que festejamos este mes consistía, más o menos, en no tener que mandar cartas a Europa para que nos hicieran caso. Los tiempos cambian: ahora la carta lleva moño y foto para redes.
Uno se pregunta qué hará el eurodiputado destinatario con el documento. Con suerte, buscará México en el mapa, confirmará que sí, que está del otro lado del Atlántico, y archivará la misiva junto a las otras cuarenta preocupaciones planetarias que le llegan cada semana. Porque el Parlamento Europeo tiene muchas virtudes, pero resolver la política interna mexicana no figura entre sus facultades ni entre sus ganas.
Al final, la postal queda para el álbum: opositores mexicanos denunciando la debilidad de los contrapesos… delegando el contrapeso en un tercer continente. Si de verdad quieren fortalecer las instituciones, hay un edificio en la Ciudad de México, con curul y micrófono, donde esa carta se lee más rápido. Y sin escala.
El argumento oficial es impecable en el papel: México y la Unión Europea comparten valores como la democracia, el pluralismo y la separación de poderes, así que qué mejor foro que ese para expresar la profunda preocupación por el deterioro del Estado de derecho y por las condiciones de la oposición. El detalle es que la última vez que se revisó el mapa, el deterioro se combate donde ocurre, no a cinco mil kilómetros y con conexión en algún aeropuerto europeo.
Hay algo tiernamente colonial en el gesto. Después de dos siglos celebrando que dejamos de rendir cuentas a una potencia de ultramar, un grupo de políticos decide, motu proprio, ir a pedirle a otra que nos eche un ojo. La independencia que festejamos este mes consistía, más o menos, en no tener que mandar cartas a Europa para que nos hicieran caso. Los tiempos cambian: ahora la carta lleva moño y foto para redes.
Uno se pregunta qué hará el eurodiputado destinatario con el documento. Con suerte, buscará México en el mapa, confirmará que sí, que está del otro lado del Atlántico, y archivará la misiva junto a las otras cuarenta preocupaciones planetarias que le llegan cada semana. Porque el Parlamento Europeo tiene muchas virtudes, pero resolver la política interna mexicana no figura entre sus facultades ni entre sus ganas.
Al final, la postal queda para el álbum: opositores mexicanos denunciando la debilidad de los contrapesos… delegando el contrapeso en un tercer continente. Si de verdad quieren fortalecer las instituciones, hay un edificio en la Ciudad de México, con curul y micrófono, donde esa carta se lee más rápido. Y sin escala.