Carne asada por gravedad: la volcadura que se volvió tianguis
Tamaño de letra
Existen leyes físicas y existen leyes humanas, y en la carretera Celaya–Salamanca ambas se cumplieron el mismo día, aunque no en el mismo orden. Primero, la gravedad: un tráiler cargado de carne de cerdo y res volcó. Después, la costumbre: horas más tarde, habitantes de las colonias cercanas llegaron al sitio y comenzaron a llevarse la mercancía a puñados, en cajas y —detalle que merece un lugar en el museo del ingenio nacional— envuelta en cobijas.
La cobija. Ese es el toque maestro. Porque una cosa es aprovechar el momento y otra muy distinta es venir preparado con ropa de cama para transportar lomo y costilla. Uno no anda con cobija en la cajuela por si acaso vuelca un tráiler; a menos, claro, que haya perfeccionado el arte de estar en el lugar correcto en el momento oportuno.
Conviene ser justos: no hablamos de gente a la que le sobra. La rapiña tras un accidente es, casi siempre, más un termómetro social que un delito de fondo. Cuando el kilo de carne cuesta lo que cuesta, un tráiler volcado deja de ser una tragedia logística y se convierte, para muchos, en la despensa que la quincena no alcanzó a llenar. Eso no lo vuelve legal, pero sí lo vuelve entendible, que no es lo mismo.
Lo cómico —y lo triste— es la coreografía. La eficiencia con que un accidente se transforma en tianguis espontáneo debería estudiarse en las escuelas de logística: sin convocatoria, sin volantes y sin permiso de Fiscalización, decenas de personas se organizaron para vaciar un tráiler más rápido de lo que tarda una grúa en llegar. Si esa capacidad de movilización se aplicara a, digamos, exigir mejores servicios, otro gallo nos cantaría.
Al final quedaron la carretera, el tráiler vacío y una moraleja que se sirve fría: en el Bajío, cuando el cielo —o el asfalto— regala proteína, nadie se queda con hambre. Buen provecho, y ojalá la próxima despensa llegue sin necesidad de que algo se voltee en el camino.
La cobija. Ese es el toque maestro. Porque una cosa es aprovechar el momento y otra muy distinta es venir preparado con ropa de cama para transportar lomo y costilla. Uno no anda con cobija en la cajuela por si acaso vuelca un tráiler; a menos, claro, que haya perfeccionado el arte de estar en el lugar correcto en el momento oportuno.
Conviene ser justos: no hablamos de gente a la que le sobra. La rapiña tras un accidente es, casi siempre, más un termómetro social que un delito de fondo. Cuando el kilo de carne cuesta lo que cuesta, un tráiler volcado deja de ser una tragedia logística y se convierte, para muchos, en la despensa que la quincena no alcanzó a llenar. Eso no lo vuelve legal, pero sí lo vuelve entendible, que no es lo mismo.
Lo cómico —y lo triste— es la coreografía. La eficiencia con que un accidente se transforma en tianguis espontáneo debería estudiarse en las escuelas de logística: sin convocatoria, sin volantes y sin permiso de Fiscalización, decenas de personas se organizaron para vaciar un tráiler más rápido de lo que tarda una grúa en llegar. Si esa capacidad de movilización se aplicara a, digamos, exigir mejores servicios, otro gallo nos cantaría.
Al final quedaron la carretera, el tráiler vacío y una moraleja que se sirve fría: en el Bajío, cuando el cielo —o el asfalto— regala proteína, nadie se queda con hambre. Buen provecho, y ojalá la próxima despensa llegue sin necesidad de que algo se voltee en el camino.