El Grito que se volvió grito: en Uruapan pidieron justicia a media arenga
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Hay gritos y gritos. El de la noche del 15 de septiembre se supone que es de fiesta: se enumera a los héroes, se ondea la bandera, se echa la casa por la ventana. Pero en Uruapan la presidenta municipal aprovechó su primera arenga para pronunciar, con todas sus letras, 'un grito de justicia' por Carlos Manzo, por las víctimas de la delincuencia y por 'un Uruapan libre y soberano'. En la Pérgola Municipal se colocó una fotografía del fundador del Movimiento del Sombrero. La escena lo dice todo: el balcón que debía ser tribuna de júbilo se convirtió en atril de demanda.
Vale la pena recordar el contexto, no para adornar sino porque explica el nudo en la garganta: hace un año, ante la violencia, el entonces alcalde prefirió no convocar y se suspendió la ceremonia. O sea que Uruapan pasó, en doce meses, de no tener Grito a tener uno donde lo que se grita es que hace falta justicia. A eso, en los folletos turísticos, no le llaman 'avance', pero aquí somos optimistas de hueso colorado.
Lo notable —y lo incómodo— es la honestidad del gesto. Es más fácil salir al balcón, echar los vivas de cajón, tronar el cohete y meterse a cenar pozole. Cuesta más usar el minuto más simbólico del calendario cívico para recordarle a todos, en cadena, que la cuenta de la seguridad sigue abierta. Que ese recordatorio venga de la propia autoridad municipal es, según cómo se mire, un acto de valentía o una confesión de que ni ella la tiene fácil. Probablemente las dos cosas al mismo tiempo.
Ojalá el grito de justicia no se quede en la acústica de la plaza. Los cohetes se apagan en segundos; las arengas, si nadie las recoge, también. Sería una lástima que 'justicia' fuera, un año más, la palabra más ovacionada y la menos cumplida de la noche.
Vale la pena recordar el contexto, no para adornar sino porque explica el nudo en la garganta: hace un año, ante la violencia, el entonces alcalde prefirió no convocar y se suspendió la ceremonia. O sea que Uruapan pasó, en doce meses, de no tener Grito a tener uno donde lo que se grita es que hace falta justicia. A eso, en los folletos turísticos, no le llaman 'avance', pero aquí somos optimistas de hueso colorado.
Lo notable —y lo incómodo— es la honestidad del gesto. Es más fácil salir al balcón, echar los vivas de cajón, tronar el cohete y meterse a cenar pozole. Cuesta más usar el minuto más simbólico del calendario cívico para recordarle a todos, en cadena, que la cuenta de la seguridad sigue abierta. Que ese recordatorio venga de la propia autoridad municipal es, según cómo se mire, un acto de valentía o una confesión de que ni ella la tiene fácil. Probablemente las dos cosas al mismo tiempo.
Ojalá el grito de justicia no se quede en la acústica de la plaza. Los cohetes se apagan en segundos; las arengas, si nadie las recoge, también. Sería una lástima que 'justicia' fuera, un año más, la palabra más ovacionada y la menos cumplida de la noche.