México libre y soberano invita a 139 soldados gringos: pásenle, están en su casa
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Fue una noche de soberanía. Desde el balcón de Palacio Nacional se gritó "¡Viva México libre, independiente y soberano!" y la plaza rugió con doscientas mil gargantas. Horas antes, ese mismo 15 de septiembre, el Senado de la República había autorizado por unanimidad —setenta y cinco votos a favor, ni uno en contra— el ingreso de 139 elementos del Ejército de Estados Unidos a territorio nacional. Con armamento. En una aeronave militar. Para ejercicios en Chihuahua, del 20 al 30 de septiembre, en el Centro Nacional de Adiestramiento de Santa Gertrudis.
La coincidencia de fechas es de un humor tan fino que parece guionada. Mientras el país celebra haberse sacudido a un imperio hace 216 años, sus senadores le extienden la alfombra a las tropas del imperio de al lado. Y no cualquier unidad: la 101ª División Aerotransportada, de esas que salen en las películas. Pásenle, están en su casa; nada más no toquen nada que no sea el campo de tiro.
Los defensores dirán, con razón técnica, que se trata de un ejercicio conjunto acotado, con permiso legislativo, tal como marca la Constitución. Perfecto. Todo en regla, todo con oficio. Pero hay algo profundamente mexicano en la escena: gritar independencia en la noche y firmar la visa militar en la mañana, todo el mismo martes, sin que a nadie le tiemble la voz en ninguno de los dos actos.
La soberanía, después de todo, es un concepto flexible. Se defiende con arengas cuando conviene y se comparte con maniobras cuando toca. Diez días de adiestramiento conjunto no hacen una anexión, es cierto. Pero sí hacen una postal difícil de resistir: la del país más soberano del continente recibiendo tropas extranjeras la misma semana en que estrena heroínas en su Grito.
Que vivan los héroes que nos dieron patria. Y que vivan, también, los ejercicios binacionales. Al parecer, ambos caben cómodamente en el mismo calendario cívico, uno arriba del otro, sin despeinarse.
La coincidencia de fechas es de un humor tan fino que parece guionada. Mientras el país celebra haberse sacudido a un imperio hace 216 años, sus senadores le extienden la alfombra a las tropas del imperio de al lado. Y no cualquier unidad: la 101ª División Aerotransportada, de esas que salen en las películas. Pásenle, están en su casa; nada más no toquen nada que no sea el campo de tiro.
Los defensores dirán, con razón técnica, que se trata de un ejercicio conjunto acotado, con permiso legislativo, tal como marca la Constitución. Perfecto. Todo en regla, todo con oficio. Pero hay algo profundamente mexicano en la escena: gritar independencia en la noche y firmar la visa militar en la mañana, todo el mismo martes, sin que a nadie le tiemble la voz en ninguno de los dos actos.
La soberanía, después de todo, es un concepto flexible. Se defiende con arengas cuando conviene y se comparte con maniobras cuando toca. Diez días de adiestramiento conjunto no hacen una anexión, es cierto. Pero sí hacen una postal difícil de resistir: la del país más soberano del continente recibiendo tropas extranjeras la misma semana en que estrena heroínas en su Grito.
Que vivan los héroes que nos dieron patria. Y que vivan, también, los ejercicios binacionales. Al parecer, ambos caben cómodamente en el mismo calendario cívico, uno arriba del otro, sin despeinarse.