El aplauso enlatado: la gran innovación patria de este 15 de septiembre
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Buenas noticias para la ingeniería de sonido nacional: este 15 de septiembre nació, oficialmente, el aplauso enlatado. Según usuarios que difundieron el video en redes, durante el Grito en el Centro Cívico de Mexicali las respuestas del público a cada ¡Viva! habrían salido de las bocinas en forma de audio pregrabado, y reportes locales apuntaron a que esas voces se habían grabado con antelación. Un salto civilizatorio: ¿para qué arriesgarse a la reacción impredecible de la plebe cuando puedes traer el entusiasmo en USB, probado en fábrica y sin peligro de silencios incómodos?
Piénsenlo como servicio público. El pueblo llega, cena su pozole, se toma la foto con la bandera y ni siquiera tiene que esforzarse en gritar: la autoridad ya trajo su propio coro. Democracia participativa, pero en playback. Es, además, la solución más elegante al viejo problema de los mandatarios: el micrófono abierto. Con la multitud grabada, nadie chifla, nadie reclama, nadie se acuerda a media arenga de la fuga de agua o del bache eterno. El respetable, por fin, dice exactamente lo que el ingeniero de audio programó.
El contraste llegó desde la Ciudad de México, donde a Aleks Syntek le tocó el reverso de la moneda. En los festejos de la alcaldía Benito Juárez, el cantante interrumpió varias veces su show para soltar discursos sobre su trayectoria y los gustos musicales del público, y el público —sin editar, sin filtros, brutalmente en vivo— le respondió con abucheos y un histórico ¡Que cante! No hubo bocina que lo salvara: cuando el entusiasmo no viene grabado, resulta que la gente opina.
Dos escuelas coexistieron esa noche. La primera cree que el aplauso es un insumo que se compra, se almacena y se dispara en el momento justo. La segunda descubrió, a la mala, que el cariño del público no se puede subir a la nube. Entre ambas se resume buena parte del país: donde el poder ya no distingue entre tener razón y tener el volumen más alto.
Así que este año no solo celebramos la Independencia; celebramos la independencia del aplauso respecto de quienes aplauden. Un mérito técnico indudable. Lástima que la próxima innovación pendiente —la de gobernar tan bien que la gente aplauda sin que se lo pidan, ni grabado ni en vivo— siga, como el agua en las presas, en obras.
Piénsenlo como servicio público. El pueblo llega, cena su pozole, se toma la foto con la bandera y ni siquiera tiene que esforzarse en gritar: la autoridad ya trajo su propio coro. Democracia participativa, pero en playback. Es, además, la solución más elegante al viejo problema de los mandatarios: el micrófono abierto. Con la multitud grabada, nadie chifla, nadie reclama, nadie se acuerda a media arenga de la fuga de agua o del bache eterno. El respetable, por fin, dice exactamente lo que el ingeniero de audio programó.
El contraste llegó desde la Ciudad de México, donde a Aleks Syntek le tocó el reverso de la moneda. En los festejos de la alcaldía Benito Juárez, el cantante interrumpió varias veces su show para soltar discursos sobre su trayectoria y los gustos musicales del público, y el público —sin editar, sin filtros, brutalmente en vivo— le respondió con abucheos y un histórico ¡Que cante! No hubo bocina que lo salvara: cuando el entusiasmo no viene grabado, resulta que la gente opina.
Dos escuelas coexistieron esa noche. La primera cree que el aplauso es un insumo que se compra, se almacena y se dispara en el momento justo. La segunda descubrió, a la mala, que el cariño del público no se puede subir a la nube. Entre ambas se resume buena parte del país: donde el poder ya no distingue entre tener razón y tener el volumen más alto.
Así que este año no solo celebramos la Independencia; celebramos la independencia del aplauso respecto de quienes aplauden. Un mérito técnico indudable. Lástima que la próxima innovación pendiente —la de gobernar tan bien que la gente aplauda sin que se lo pidan, ni grabado ni en vivo— siga, como el agua en las presas, en obras.