Pan, circo y un elenco de relleno: la receta de Vallarta contra los baches
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Dos mil años después, el manual del Imperio Romano sigue vigente y con sucursal en la bahía: al pueblo, pan y circo. El alcalde de Puerto Vallarta lo aplicó al pie de la letra en la noche del Grito y le funcionó de maravilla: miles de personas llenaron la celebración organizada por el Ayuntamiento, pese a un elenco musical que —según cuentan los propios cronistas locales— dejó bastante que desear. Porque cuando la entrada es gratis y la bandera ondea, el line-up es lo de menos.
Y hay que concederle el mérito: reunir multitudes con un cartel de relleno es, a su manera, una hazaña de mercadotecnia. El problema no es la fiesta de una noche, sino la resaca de los otros 364 días. Porque mientras la plaza cantaba, en distintos puntos del puerto seguían —y siguen— las mismas postales de siempre: llaves que abren y no sale agua, camiones de basura que pasan cuando se acuerdan y calles que llevan tanto tiempo pidiendo bacheo que ya les salió musgo.
A dos años de gobierno, la ecuación empieza a delatarse sola. Un buen espectáculo tapa titulares una noche; una fuga de agua los destapa toda la temporada. El vallartense promedio puede pasarla increíble en el Grito y despertar al día siguiente esquivando el mismo bache que lleva meses saludándolo de camino al trabajo. La fiesta, al final, no es el logro: es la cortina.
Nadie está pidiendo que se cancele la verbena. Que haya música, que haya banderas, que la gente se divierta: para eso también sirve un gobierno. Lo que incomoda es la jerarquía de prioridades, ese arte de gastar en pirotecnia lo que no alcanzó para tubería. Vallarta merece las dos cosas, no una a cambio de la otra.
El Ayuntamiento sabe muy bien lo que el pueblo quiere una noche al año. Faltaría ver si también sabe lo que el pueblo necesita las otras 364. Mientras tanto, que siga la música; el recibo del agua —cuando llegue— ya nos pondrá serios a todos.
Y hay que concederle el mérito: reunir multitudes con un cartel de relleno es, a su manera, una hazaña de mercadotecnia. El problema no es la fiesta de una noche, sino la resaca de los otros 364 días. Porque mientras la plaza cantaba, en distintos puntos del puerto seguían —y siguen— las mismas postales de siempre: llaves que abren y no sale agua, camiones de basura que pasan cuando se acuerdan y calles que llevan tanto tiempo pidiendo bacheo que ya les salió musgo.
A dos años de gobierno, la ecuación empieza a delatarse sola. Un buen espectáculo tapa titulares una noche; una fuga de agua los destapa toda la temporada. El vallartense promedio puede pasarla increíble en el Grito y despertar al día siguiente esquivando el mismo bache que lleva meses saludándolo de camino al trabajo. La fiesta, al final, no es el logro: es la cortina.
Nadie está pidiendo que se cancele la verbena. Que haya música, que haya banderas, que la gente se divierta: para eso también sirve un gobierno. Lo que incomoda es la jerarquía de prioridades, ese arte de gastar en pirotecnia lo que no alcanzó para tubería. Vallarta merece las dos cosas, no una a cambio de la otra.
El Ayuntamiento sabe muy bien lo que el pueblo quiere una noche al año. Faltaría ver si también sabe lo que el pueblo necesita las otras 364. Mientras tanto, que siga la música; el recibo del agua —cuando llegue— ya nos pondrá serios a todos.