El transporte del futuro llegó a la CDMX: en servicio provisional y a un tercio de aforo
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La Ciudad de México tiene una relación complicada con el futuro: lo anuncia con bombo, lo inaugura con listón y luego lo deja operando 'en servicio provisional' por tiempo indefinido, que es la manera capitalina de decir 'ahí la llevamos'.
Tomemos el Centrobús, la nueva esperanza sobre ruedas. Cuando arrancó, se preveía que atendería a más de 88 mil usuarios al mes. Dos meses después, presume haber transportado 28 mil pasajeros. En total. No es un error de dedo: el sistema va a menos de un tercio de lo prometido, lo que técnicamente lo convierte menos en transporte masivo y más en transporte selecto. Enhorabuena a los 28 mil afortunados que viajan casi con chofer privado; el resto seguimos apretados en el camión de siempre, ese que no necesitó rueda de prensa para llenarse.
Arriba, en el reino de los cables, la historia rima. La Línea 4 del Cablebús sigue 'en construcción': apenas preparan el terreno y la cimentación para las columnas, que es la etapa en la que un proyecto todavía es, básicamente, un terreno con planes y buenas intenciones. Y la Línea 3, ya nacida, opera en 'servicio provisional' en un tramo. Nos vendieron surcar los cielos capitalinos; vamos a la mitad del trayecto, colgados literal y figuradamente, rezando para que lo 'provisional' no se gradúe de permanente como tantas cosas en esta ciudad.
Que quede claro: cualquier transporte nuevo se agradece, y construir movilidad en una urbe de este tamaño es una tarea titánica. El chiste no es que existan, sino la brecha olímpica entre el discurso de inauguración y el tablero de resultados. Prometemos aforos de metrópoli europea y entregamos cifras de tianguis en día lluvioso.
La moraleja chilanga de siempre: en esta ciudad el futuro no se cancela, se pospone; no fracasa, se queda 'en fase provisional'. Y mientras tanto, millones de personas resuelven su traslado como se ha resuelto desde hace décadas: con paciencia, con codazos y con la fe intacta de que algún día, quizá, el Centrobús alcance a llenarse y el Cablebús deje de estar de prueba. Ese día daremos el Grito. Pero de alivio.
Tomemos el Centrobús, la nueva esperanza sobre ruedas. Cuando arrancó, se preveía que atendería a más de 88 mil usuarios al mes. Dos meses después, presume haber transportado 28 mil pasajeros. En total. No es un error de dedo: el sistema va a menos de un tercio de lo prometido, lo que técnicamente lo convierte menos en transporte masivo y más en transporte selecto. Enhorabuena a los 28 mil afortunados que viajan casi con chofer privado; el resto seguimos apretados en el camión de siempre, ese que no necesitó rueda de prensa para llenarse.
Arriba, en el reino de los cables, la historia rima. La Línea 4 del Cablebús sigue 'en construcción': apenas preparan el terreno y la cimentación para las columnas, que es la etapa en la que un proyecto todavía es, básicamente, un terreno con planes y buenas intenciones. Y la Línea 3, ya nacida, opera en 'servicio provisional' en un tramo. Nos vendieron surcar los cielos capitalinos; vamos a la mitad del trayecto, colgados literal y figuradamente, rezando para que lo 'provisional' no se gradúe de permanente como tantas cosas en esta ciudad.
Que quede claro: cualquier transporte nuevo se agradece, y construir movilidad en una urbe de este tamaño es una tarea titánica. El chiste no es que existan, sino la brecha olímpica entre el discurso de inauguración y el tablero de resultados. Prometemos aforos de metrópoli europea y entregamos cifras de tianguis en día lluvioso.
La moraleja chilanga de siempre: en esta ciudad el futuro no se cancela, se pospone; no fracasa, se queda 'en fase provisional'. Y mientras tanto, millones de personas resuelven su traslado como se ha resuelto desde hace décadas: con paciencia, con codazos y con la fe intacta de que algún día, quizá, el Centrobús alcance a llenarse y el Cablebús deje de estar de prueba. Ese día daremos el Grito. Pero de alivio.