Chapuzón en el caldo verde: el Santa Lucía estrena aguas 'termales'
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El Paseo Santa Lucía es orgullo de Monterrey: un río artificial en pleno centro, presumido en cuanta postal turística existe y punto obligado de todo visitante. Este miércoles de asueto por la Independencia, cientos de regios y turistas acudieron a caminarlo. Y tres menores, no conformes con caminarlo, decidieron nadarlo.
El pequeño gran detalle es que el agua lucía verdosa y despedía un olor francamente fétido. Nada de eso importó. Donde el turista promedio ve un caldo de dudosa procedencia, el regio ve una alberca gratuita en día de asueto. Iniciativa propia, le dicen por acá.
Uno imagina la escena completa: familias paseando, el sol pegando sin misericordia, y de pronto tres valientes lanzándose al agua color guacamole como si fuera el mar Caribe. La microbiología, esa aguafiestas, no fue invitada al convivio. Total, ¿qué es un poco de materia orgánica flotante entre paisanos en fiestas patrias?
La postal deja preguntas incómodas que quedan flotando junto con lo demás. Si el orgullo turístico de la ciudad huele así en plena celebración, con todos los reflectores encima, ¿cómo andará un martes cualquiera de febrero? ¿A quién le corresponde cambiarle el agua a la pecera más famosa del centro? ¿Existe un calendario de limpieza o se rige por el mismo azar que los apagones?
Ojalá el chapuzón no traiga consecuencias más allá de la anécdota y el recuerdo. Y ojalá, de paso, alguien se anime a devolverle al Santa Lucía su fama de postal y no de sopa. Porque un paseo que invita a nadar debería, como mínimo, no oler a advertencia sanitaria. Mientras tanto, el regio seguirá haciendo lo que mejor sabe: sacarle provecho a lo que hay, aunque lo que haya sea verde y burbujee.
El pequeño gran detalle es que el agua lucía verdosa y despedía un olor francamente fétido. Nada de eso importó. Donde el turista promedio ve un caldo de dudosa procedencia, el regio ve una alberca gratuita en día de asueto. Iniciativa propia, le dicen por acá.
Uno imagina la escena completa: familias paseando, el sol pegando sin misericordia, y de pronto tres valientes lanzándose al agua color guacamole como si fuera el mar Caribe. La microbiología, esa aguafiestas, no fue invitada al convivio. Total, ¿qué es un poco de materia orgánica flotante entre paisanos en fiestas patrias?
La postal deja preguntas incómodas que quedan flotando junto con lo demás. Si el orgullo turístico de la ciudad huele así en plena celebración, con todos los reflectores encima, ¿cómo andará un martes cualquiera de febrero? ¿A quién le corresponde cambiarle el agua a la pecera más famosa del centro? ¿Existe un calendario de limpieza o se rige por el mismo azar que los apagones?
Ojalá el chapuzón no traiga consecuencias más allá de la anécdota y el recuerdo. Y ojalá, de paso, alguien se anime a devolverle al Santa Lucía su fama de postal y no de sopa. Porque un paseo que invita a nadar debería, como mínimo, no oler a advertencia sanitaria. Mientras tanto, el regio seguirá haciendo lo que mejor sabe: sacarle provecho a lo que hay, aunque lo que haya sea verde y burbujee.