El cantante que le declaró la guerra al esquite y perdió
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Hay batallas que definen una carrera. La de Vietnam, la de Waterloo, y ahora, para la memoria colectiva de la música pop nacional, la Batalla del Elote en la alcaldía Benito Juárez. Un intérprete muy querido por quienes fuimos adolescentes con walkman ofreció un concierto gratuito en las fiestas patrias y, según su propio relato, la velada se le fue de las manos entre peticiones de canciones que no eran suyas, discusiones con el público y, sobre todo, proyectiles gastronómicos. Días después, el hombre anunció en sus redes que próximamente dejará el país, porque alejarse, escribió, "significa salvación mental y espiritual".
Uno respeta el camino hacia la paz interior. Lo que cuesta procesar es la logística del villano. En su defensa, explicó que había personas aventando elotes y cervezas a sus fans de atrás, y que por eso su enojo "fue justificado". Es decir, no fue un berrinche: fue legítima defensa contra una mazorca. Nunca antes en la historia del entretenimiento mexicano un antojito de esquina había sido acusado de detonar una crisis espiritual de tal magnitud. Los puestos de elotes, hasta hoy pilares silenciosos de la vida nocturna capitalina, amanecen bajo sospecha.
Lo hermoso del asunto es el escalamiento. Empezamos con un artista que interrumpía su show para debatir géneros musicales con el respetable —siempre una jugada maestra frente a un público que llegó gratis y con hambre— y terminamos con un anuncio migratorio de tintes casi bíblicos. Del "no me piden mis canciones" al "me voy del país" hay apenas unos días y varios elotes de por medio. Si esto no es un arco dramático, no sé qué lo sea.
Le deseamos, de corazón, esa salvación mental que busca. Ojalá la encuentre en un lugar donde el público conozca su repertorio completo, aplauda en silencio y, sobre todo, coma antes de llegar. Porque el problema, querido maestro, nunca fue la ciudad: fue que aquí venimos con la panza vacía y el celular cargado. Y en esa ecuación, tarde o temprano, siempre pierde el del micrófono. Prometió volver "con excelentes noticias"; nosotros prometemos, mientras tanto, cuidar los elotes. Alguien tiene que hacerlo.
Uno respeta el camino hacia la paz interior. Lo que cuesta procesar es la logística del villano. En su defensa, explicó que había personas aventando elotes y cervezas a sus fans de atrás, y que por eso su enojo "fue justificado". Es decir, no fue un berrinche: fue legítima defensa contra una mazorca. Nunca antes en la historia del entretenimiento mexicano un antojito de esquina había sido acusado de detonar una crisis espiritual de tal magnitud. Los puestos de elotes, hasta hoy pilares silenciosos de la vida nocturna capitalina, amanecen bajo sospecha.
Lo hermoso del asunto es el escalamiento. Empezamos con un artista que interrumpía su show para debatir géneros musicales con el respetable —siempre una jugada maestra frente a un público que llegó gratis y con hambre— y terminamos con un anuncio migratorio de tintes casi bíblicos. Del "no me piden mis canciones" al "me voy del país" hay apenas unos días y varios elotes de por medio. Si esto no es un arco dramático, no sé qué lo sea.
Le deseamos, de corazón, esa salvación mental que busca. Ojalá la encuentre en un lugar donde el público conozca su repertorio completo, aplauda en silencio y, sobre todo, coma antes de llegar. Porque el problema, querido maestro, nunca fue la ciudad: fue que aquí venimos con la panza vacía y el celular cargado. Y en esa ecuación, tarde o temprano, siempre pierde el del micrófono. Prometió volver "con excelentes noticias"; nosotros prometemos, mientras tanto, cuidar los elotes. Alguien tiene que hacerlo.