El almirante que debe casas que no tiene: crónica de un eslabón muy bien acomodado
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La transparencia en México es como el mole: se sirve cuando ya no queda de otra y siempre un poquito tarde. Esta semana, la Secretaría Anticorrupción desclasificó las declaraciones patrimoniales de un almirante en retiro y exsecretario de Marina, justo cuando su nombre volvía a sonar en el caso del huachicol fiscal. El detalle jugoso, que ya había expuesto la prensa, es que esa información estaba blindada hasta bien entrada la próxima década. Nada dice "no tengo nada que ocultar" como ocultarlo por seis años.
Veamos las cifras, que son una obra de arte del género realista. El funcionario reportó poco más de dos millones de pesos de ingresos netos en un año, ningún bien inmueble a su nombre y dos créditos hipotecarios que, juntos, rondan los seis millones de pesos. Deténgase el lector a admirar la pieza: estamos ante un hombre que tiene hipotecas pero no casas. Debe millones por propiedades que, oficialmente, no existen. Es el sueño metafísico de cualquier contador: pasivos sin activos, deuda pura, un patrimonio que solo se percibe desde ciertos ángulos de la fe.
La cereza es su empleo actual. Tras dejar la titularidad de la dependencia, se reincorporó como "asesor", con un salario superior al que percibía cuando era el secretario. Léase de nuevo: renunció al puesto más alto para ganar más como consejero. En cualquier oficina normal, a eso se le llama descender con estilo; en la administración pública mexicana, se le llama plan de retiro. Uno se jubila hacia arriba.
La oposición lo bautizó como el "eslabón perdido" del huachicol fiscal, metáfora entrañable pero imprecisa. Un eslabón perdido no cobra quincena. Este, hasta hace nada, seguía perfectamente localizable en la nómina, asesorando con sueldo de lujo y patrimonio de fantasma. Si acaso, es el eslabón más encontrado de la cadena.
Que quede claro: una declaración patrimonial no es una sentencia, y aquí nadie afirma delito alguno. Solo señalamos, con el respeto que merece el uniforme, la poesía de sus números. Porque en este país cualquier ciudadano de a pie que pida un crédito debe demostrar hasta el color de sus calcetines, mientras arriba se puede deber una fortuna en casas invisibles y seguir cobrando como oráculo. La transparencia llegó, sí. Llegó desclasificada, tardía y con hipoteca. Como todo lo bueno.
Veamos las cifras, que son una obra de arte del género realista. El funcionario reportó poco más de dos millones de pesos de ingresos netos en un año, ningún bien inmueble a su nombre y dos créditos hipotecarios que, juntos, rondan los seis millones de pesos. Deténgase el lector a admirar la pieza: estamos ante un hombre que tiene hipotecas pero no casas. Debe millones por propiedades que, oficialmente, no existen. Es el sueño metafísico de cualquier contador: pasivos sin activos, deuda pura, un patrimonio que solo se percibe desde ciertos ángulos de la fe.
La cereza es su empleo actual. Tras dejar la titularidad de la dependencia, se reincorporó como "asesor", con un salario superior al que percibía cuando era el secretario. Léase de nuevo: renunció al puesto más alto para ganar más como consejero. En cualquier oficina normal, a eso se le llama descender con estilo; en la administración pública mexicana, se le llama plan de retiro. Uno se jubila hacia arriba.
La oposición lo bautizó como el "eslabón perdido" del huachicol fiscal, metáfora entrañable pero imprecisa. Un eslabón perdido no cobra quincena. Este, hasta hace nada, seguía perfectamente localizable en la nómina, asesorando con sueldo de lujo y patrimonio de fantasma. Si acaso, es el eslabón más encontrado de la cadena.
Que quede claro: una declaración patrimonial no es una sentencia, y aquí nadie afirma delito alguno. Solo señalamos, con el respeto que merece el uniforme, la poesía de sus números. Porque en este país cualquier ciudadano de a pie que pida un crédito debe demostrar hasta el color de sus calcetines, mientras arriba se puede deber una fortuna en casas invisibles y seguir cobrando como oráculo. La transparencia llegó, sí. Llegó desclasificada, tardía y con hipoteca. Como todo lo bueno.