Cae extorsionador y le aseguran el nuevo oro nacional: cajas de huevo
Tamaño de letra
Hay decomisos que definen una época. Antes, un cateo por extorsión terminaba con mesas repletas de fajos de billetes, armas largas y esos relojes que valen más que una casa. Hoy, en Tamaulipas, las autoridades entraron a un inmueble como parte de las investigaciones por extorsión y encontraron, entre lo asegurado, cajas con huevo. Blanquillo. Proteína. El tesoro que hoy custodian los refrigeradores de todo el país con más celo que una bóveda suiza.
Uno entiende la confusión de los peritos. En estos tiempos, distinguir un botín criminal de la despensa de una familia trabajadora es tarea de especialistas. Con lo que cuesta el cartón de huevo, aquello bien pudo ser el fondo de retiro del sospechoso, su portafolio diversificado, su reserva estratégica. Ya no se lava dinero: se cuece a punto de turrón.
Imaginemos el momento del hallazgo. Los agentes abriendo cajas con la adrenalina de quien espera fajos verdes, y encontrando, cartón tras cartón, la moneda más fuerte del mercado informal mexicano. Es probable que hayan sentido más respeto que decepción. Porque acumular semejante cantidad de huevo en un solo lugar, en el año en que el blanquillo cotiza como metal precioso, no es cosa de aficionados: es visión financiera.
No sabemos —ni corresponde afirmar— para qué tenía el detenido semejante inventario avícola. Quizá le gustaban mucho los omelettes. Quizá pensaba montar una fonda. Quizá, y aquí especulamos con cariño, entendió antes que nadie que el futuro no está en el efectivo ni en las criptomonedas, sino en la gallina. Lo único cierto es que la autoridad presumió el aseguramiento, y con razón: en el México de hoy, incautar huevo por caja es prácticamente un golpe al crimen organizado y a la inflación al mismo tiempo.
Así que ya lo sabe, estimado lector: cuide sus tortillas y esconda su despensa, que la nueva delincuencia patrimonial ya no anda tras su coche, sino tras su desayuno. Y si un día tocan a su puerta preguntando por su reserva de proteína, usted no diga nada. Que se lo trabajen.
Uno entiende la confusión de los peritos. En estos tiempos, distinguir un botín criminal de la despensa de una familia trabajadora es tarea de especialistas. Con lo que cuesta el cartón de huevo, aquello bien pudo ser el fondo de retiro del sospechoso, su portafolio diversificado, su reserva estratégica. Ya no se lava dinero: se cuece a punto de turrón.
Imaginemos el momento del hallazgo. Los agentes abriendo cajas con la adrenalina de quien espera fajos verdes, y encontrando, cartón tras cartón, la moneda más fuerte del mercado informal mexicano. Es probable que hayan sentido más respeto que decepción. Porque acumular semejante cantidad de huevo en un solo lugar, en el año en que el blanquillo cotiza como metal precioso, no es cosa de aficionados: es visión financiera.
No sabemos —ni corresponde afirmar— para qué tenía el detenido semejante inventario avícola. Quizá le gustaban mucho los omelettes. Quizá pensaba montar una fonda. Quizá, y aquí especulamos con cariño, entendió antes que nadie que el futuro no está en el efectivo ni en las criptomonedas, sino en la gallina. Lo único cierto es que la autoridad presumió el aseguramiento, y con razón: en el México de hoy, incautar huevo por caja es prácticamente un golpe al crimen organizado y a la inflación al mismo tiempo.
Así que ya lo sabe, estimado lector: cuide sus tortillas y esconda su despensa, que la nueva delincuencia patrimonial ya no anda tras su coche, sino tras su desayuno. Y si un día tocan a su puerta preguntando por su reserva de proteína, usted no diga nada. Que se lo trabajen.