El único con placas, licencia y sobriedad en Montemorelos fue el caballo
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Hay estampas que Nuevo León produce con una naturalidad envidiable, y esta semana Montemorelos entregó una obra maestra: un hombre paseando su caballo por el centro del pueblo, presuntamente en estado de ebriedad, retando a los automovilistas como si el asfalto fuera su ruedo personal.
Los videos —porque hoy nada existe si no se viraliza— muestran al jinete moviéndose de una forma, digamos, poco reglamentaria, mientras conductores y peatones se armaban de una paciencia franciscana para no terminar embarrados en la escena. La ironía es deliciosa: en un municipio donde a diario circulan camionetas, motos y ahora hasta scooters con aspiraciones de motocicleta, el vehículo más estable de la tarde tenía cuatro patas y cero interés en el escándalo.
Porque seamos justos: el caballo se comportó. El animal, sobrio y con la compostura intacta, mantuvo la línea recta mientras su conductor humano hacía gala de todo menos de coordinación. Si existiera un examen de manejo para équidos, este cuadrúpedo lo habría pasado con honores; su tripulante, en cambio, reprobó hasta la parte oral.
La cosa terminó como debía: con el hombre detenido y puesto a disposición del juez. El caballo, aclaremos, no pisó el separo, aunque bien merecía una medalla al mérito ciudadano. Las autoridades tuvieron que salir a buscar al singular convoy tras varios reportes de vecinos que, entre la risa y el coraje, no sabían si llamar a Tránsito o a un veterinario.
Queda la pregunta metafísica que solo Montemorelos sabe formular: ¿bajo qué reglamento cae un ebrio a caballo? ¿Tránsito? ¿Bienestar animal? ¿Espectáculos? Mientras los legisladores debaten cómo ponerle placa y seguro a un scooter, en el sur del estado alguien ya descubrió el vacío legal definitivo: la movilidad a galope. Un clásico regional que, como los buenos, siempre regresa a media calle para recordarnos que aquí el folclor no se ensaya, se improvisa.
Los videos —porque hoy nada existe si no se viraliza— muestran al jinete moviéndose de una forma, digamos, poco reglamentaria, mientras conductores y peatones se armaban de una paciencia franciscana para no terminar embarrados en la escena. La ironía es deliciosa: en un municipio donde a diario circulan camionetas, motos y ahora hasta scooters con aspiraciones de motocicleta, el vehículo más estable de la tarde tenía cuatro patas y cero interés en el escándalo.
Porque seamos justos: el caballo se comportó. El animal, sobrio y con la compostura intacta, mantuvo la línea recta mientras su conductor humano hacía gala de todo menos de coordinación. Si existiera un examen de manejo para équidos, este cuadrúpedo lo habría pasado con honores; su tripulante, en cambio, reprobó hasta la parte oral.
La cosa terminó como debía: con el hombre detenido y puesto a disposición del juez. El caballo, aclaremos, no pisó el separo, aunque bien merecía una medalla al mérito ciudadano. Las autoridades tuvieron que salir a buscar al singular convoy tras varios reportes de vecinos que, entre la risa y el coraje, no sabían si llamar a Tránsito o a un veterinario.
Queda la pregunta metafísica que solo Montemorelos sabe formular: ¿bajo qué reglamento cae un ebrio a caballo? ¿Tránsito? ¿Bienestar animal? ¿Espectáculos? Mientras los legisladores debaten cómo ponerle placa y seguro a un scooter, en el sur del estado alguien ya descubrió el vacío legal definitivo: la movilidad a galope. Un clásico regional que, como los buenos, siempre regresa a media calle para recordarnos que aquí el folclor no se ensaya, se improvisa.