Cultura con casa de apuestas: el teatro de Irapuato ya cotiza
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Hay noticias que se satirizan solas, y esta es una de esas. Circuló una crónica sobre la apasionante historia del Teatro de la Ciudad de Irapuato —su arquitectura, sus hitos culturales, la noble aspiración de un pueblo por tener un recinto digno— y, en pleno homenaje a las artes escénicas, entre párrafo y párrafo, apareció como polizón un guiño a las apuestas deportivas de básquetbol.
Sí: en el mismo texto donde se glorifican el teatro clásico y los conciertos sinfónicos, alguien logró colar el análisis estratégico del juego y las apuestas deportivas. La transición es digna de museo: de Tresguerras a los momios en un solo respiro. La cultura y la casa de apuestas, tomadas de la mano, caminando juntas por el pasillo central hacia sus butacas.
Esto es, sin querer, lo más honesto que ha producido el periodismo cultural en semanas. Porque retrata el estado real de las cosas: la cultura ya no compite por nuestra atención contra otras artes, sino contra la ludopatía patrocinada. El telón sube, entra el ballet folclórico y, en una marquesina invisible, alguien te susurra las probabilidades del partido de la noche.
Uno imaginaba el intermedio con un cafecito y un suspiro; ahora resulta que el intermedio es para revisar tu apuesta. La butaca, el foyer, el patio de butacas: todo muy solemne, pero recuerde jugar con responsabilidad entre el primer y el segundo acto.
Que quede claro: no es culpa del teatro, que ahí sigue, monumental y paciente, aguantando siglos de discursos. Es culpa de la época, en la que hasta la crónica más elevada trae su patrocinador escondido bajo la alfombra roja. En el Guanajuato de hoy, la cultura y la fortuna comparten palco. Y por lo que se ve en la taquilla, no siempre gana Melpómene.
Sí: en el mismo texto donde se glorifican el teatro clásico y los conciertos sinfónicos, alguien logró colar el análisis estratégico del juego y las apuestas deportivas. La transición es digna de museo: de Tresguerras a los momios en un solo respiro. La cultura y la casa de apuestas, tomadas de la mano, caminando juntas por el pasillo central hacia sus butacas.
Esto es, sin querer, lo más honesto que ha producido el periodismo cultural en semanas. Porque retrata el estado real de las cosas: la cultura ya no compite por nuestra atención contra otras artes, sino contra la ludopatía patrocinada. El telón sube, entra el ballet folclórico y, en una marquesina invisible, alguien te susurra las probabilidades del partido de la noche.
Uno imaginaba el intermedio con un cafecito y un suspiro; ahora resulta que el intermedio es para revisar tu apuesta. La butaca, el foyer, el patio de butacas: todo muy solemne, pero recuerde jugar con responsabilidad entre el primer y el segundo acto.
Que quede claro: no es culpa del teatro, que ahí sigue, monumental y paciente, aguantando siglos de discursos. Es culpa de la época, en la que hasta la crónica más elevada trae su patrocinador escondido bajo la alfombra roja. En el Guanajuato de hoy, la cultura y la fortuna comparten palco. Y por lo que se ve en la taquilla, no siempre gana Melpómene.