Los cerrajeros que nadie llamó
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En la colonia Nueva Valladolid de Morelia se escribió esta semana una página gloriosa del anecdotario de las malas coartadas. Tres hombres fueron sorprendidos por la Policía Morelia cuando intentaban meterse a una notaría cargando herramientas para forzar accesos. Hasta ahí, un intento de robo de libro de texto. Lo memorable vino en el interrogatorio, cuando los detenidos revelaron su verdadera identidad profesional: no eran delincuentes, por favor, eran técnicos contratados para un 'relevo de seguridad' y unos discretos 'trabajos de cerrajería'.
Hay que rendirse ante la ambición del guion. No dijeron que iban pasando, ni que se les hizo tarde, ni que buscaban un baño. No: se declararon prestadores de servicios con encomienda formal, como si a la fechoría le hubieran anexado un contrato y una cotización. En una ciudad donde nada existe si no lleva sello, firma y copia para el archivo, hacerse pasar por cerrajeros de confianza frente a una notaría es casi un guiño poético. Faltó nomás que pidieran anticipo y lugar de estacionamiento.
El problema es que el libreto tenía un hoyo del tamaño de una bóveda: al encargado de la notaría nunca le avisaron. Consultado sobre el asunto, confirmó que no había solicitado servicio alguno y que no reconocía a esos rostros tan servicialmente equipados. Detalle menor, se dirá, pero en el negocio de las coartadas la logística lo es todo: uno no puede llegar a hacer un 'relevo de seguridad' en un lugar donde nadie sabe que había seguridad que relevar.
Así, la corporación se anotó una detención por la vía más económica que existe: la de dejar hablar. Porque una cosa es entrar a robar y otra, mucho más ambiciosa, es pretender salir por la puerta grande convertido en gremio honrado. Los tres caballeros querían el atraco y, de pilón, el prestigio del oficio. Se quedaron sin ninguno de los dos.
Queda para la posteridad el nuevo clásico michoacano del disimulo: ya no basta con negar; ahora hay que presentar credenciales imaginarias. La próxima vez, sugerimos con espíritu constructivo, conviene al menos avisarle al notario que lo van a asaltar; así, cuando pregunten, podrá jurar que sí los mandó llamar. Es lo mínimo que se espera entre profesionales.
Hay que rendirse ante la ambición del guion. No dijeron que iban pasando, ni que se les hizo tarde, ni que buscaban un baño. No: se declararon prestadores de servicios con encomienda formal, como si a la fechoría le hubieran anexado un contrato y una cotización. En una ciudad donde nada existe si no lleva sello, firma y copia para el archivo, hacerse pasar por cerrajeros de confianza frente a una notaría es casi un guiño poético. Faltó nomás que pidieran anticipo y lugar de estacionamiento.
El problema es que el libreto tenía un hoyo del tamaño de una bóveda: al encargado de la notaría nunca le avisaron. Consultado sobre el asunto, confirmó que no había solicitado servicio alguno y que no reconocía a esos rostros tan servicialmente equipados. Detalle menor, se dirá, pero en el negocio de las coartadas la logística lo es todo: uno no puede llegar a hacer un 'relevo de seguridad' en un lugar donde nadie sabe que había seguridad que relevar.
Así, la corporación se anotó una detención por la vía más económica que existe: la de dejar hablar. Porque una cosa es entrar a robar y otra, mucho más ambiciosa, es pretender salir por la puerta grande convertido en gremio honrado. Los tres caballeros querían el atraco y, de pilón, el prestigio del oficio. Se quedaron sin ninguno de los dos.
Queda para la posteridad el nuevo clásico michoacano del disimulo: ya no basta con negar; ahora hay que presentar credenciales imaginarias. La próxima vez, sugerimos con espíritu constructivo, conviene al menos avisarle al notario que lo van a asaltar; así, cuando pregunten, podrá jurar que sí los mandó llamar. Es lo mínimo que se espera entre profesionales.