Yo no fui: el ladrón que se disfrazó de estudiante ejemplar
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Circuló en redes sociales, con la velocidad que solo alcanzan las malas noticias, que estudiantes de la Escuela Normal de Educación Física habían participado en el saqueo a un camión repartidor sobre el tramo carretero de Zacapu. La respuesta institucional no se hizo esperar y fue de un ingenio que merece cátedra: el Honorable Comité Ejecutivo Estudiantil de la ENEF salió a desmentirlo todo y a denunciar que la escuela fue víctima de una 'suplantación de identidad' orquestada para desacreditarla.
Detengámonos a saborear la escena. Según esta versión, existe por ahí un delincuente tan meticuloso, tan comprometido con el mal, que antes de saquear un tráiler se toma la molestia de disfrazarse de normalista de educación física. No roba por hambre ni por avaricia: roba por difamar. Su plan maestro no es llevarse la mercancía, sino mancharle el nombre a una institución de formación docente. Un villano con causa, pues, cuyo verdadero botín es la reputación ajena.
Uno entiende el reflejo. En el catálogo nacional de las negaciones, la 'suplantación de identidad' ocupa hoy el trono que antes tuvieron el 'me hackearon la cuenta' y el 'ese que sale en el video no soy yo'. Es la coartada de la era digital: cualquier cosa incómoda pudo haberla hecho un impostor con nuestra cara y nuestro uniforme. Práctica, elegante y, sobre todo, imposible de comprobar de inmediato.
No prejuzguemos: bien puede ser cierto que los alumnos nada tuvieron que ver, y ojalá así sea, porque desacreditar a una escuela entera por lo que hagan unos cuantos —reales o apócrifos— sería una injusticia. Pero convendría que las autoridades ubiquen cuanto antes a estos suplantadores tan dedicados, no vaya a ser que anden sueltos arruinando prestigios por todo el estado, disfrazados unas veces de normalistas, otras de funcionarios, otras de cerrajeros de notaría.
Porque si algo abunda en Michoacán esta semana, es gente que jura no ser quien parecía ser. A este paso, el estado entero va a necesitar un careo colectivo para averiguar quién es quién. Mientras tanto, la ENEF pide que no la confundan. Justo y necesario. Que la confusión, por una vez, la aclare quien debe.
Detengámonos a saborear la escena. Según esta versión, existe por ahí un delincuente tan meticuloso, tan comprometido con el mal, que antes de saquear un tráiler se toma la molestia de disfrazarse de normalista de educación física. No roba por hambre ni por avaricia: roba por difamar. Su plan maestro no es llevarse la mercancía, sino mancharle el nombre a una institución de formación docente. Un villano con causa, pues, cuyo verdadero botín es la reputación ajena.
Uno entiende el reflejo. En el catálogo nacional de las negaciones, la 'suplantación de identidad' ocupa hoy el trono que antes tuvieron el 'me hackearon la cuenta' y el 'ese que sale en el video no soy yo'. Es la coartada de la era digital: cualquier cosa incómoda pudo haberla hecho un impostor con nuestra cara y nuestro uniforme. Práctica, elegante y, sobre todo, imposible de comprobar de inmediato.
No prejuzguemos: bien puede ser cierto que los alumnos nada tuvieron que ver, y ojalá así sea, porque desacreditar a una escuela entera por lo que hagan unos cuantos —reales o apócrifos— sería una injusticia. Pero convendría que las autoridades ubiquen cuanto antes a estos suplantadores tan dedicados, no vaya a ser que anden sueltos arruinando prestigios por todo el estado, disfrazados unas veces de normalistas, otras de funcionarios, otras de cerrajeros de notaría.
Porque si algo abunda en Michoacán esta semana, es gente que jura no ser quien parecía ser. A este paso, el estado entero va a necesitar un careo colectivo para averiguar quién es quién. Mientras tanto, la ENEF pide que no la confundan. Justo y necesario. Que la confusión, por una vez, la aclare quien debe.