Las ratas de la CDMX ya traen el virus de la obesidad: la resistencia también engorda
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Había una última frontera que nos consolaba frente a las ratas de la Ciudad de México. Sí, sobreviven a todo; sí, conocen el drenaje mejor que cualquier funcionario de Aguas; sí, salen ilesas de inundaciones, fumigaciones y crisis sexenales. Pero al menos, pensábamos, estaban flacas. Se acabó el consuelo.
Investigadores de la UAM Xochimilco y del Hospital Gea González analizaron las heces de las ratas capitalinas y encontraron ahí el adenovirus 36, un patógeno que la ciencia asocia con el desarrollo de la obesidad. En cristiano: nuestras ratas no solo aguantan todo, ahora además cargan el virus de subir de peso. La única población de la ciudad que nunca ha necesitado un simulacro para saber por dónde huir, y encima ya nos alcanzó en el tema de la báscula.
Uno imagina la escena en el laboratorio: científicos de bata mirando con lupa la evidencia y descubriendo que el roedor promedio de la colonia lleva una vida que, nutricionalmente hablando, no dista mucho de la nuestra. Comen de más, se mueven en manada, prosperan en la adversidad y no pisan un gimnasio jamás. Si esto no es integración cultural con la capital, no sé qué lo sea.
Los investigadores advirtieron, con toda razón, sobre los riesgos que esto representa para la salud pública, y ahí la sátira se baja del camión: el hallazgo es serio y conviene tomárselo en serio. Pero permítasenos un minuto de humildad interespecie. Llevamos décadas presumiéndole a la rata nuestra supuesta superioridad, y resulta que compartimos hasta el diagnóstico. Nos organizamos peor, evacuamos más lento y ahora empatamos en el antojo.
Que conste en actas: en la Ciudad de México, hasta la plaga se nos parece cada vez más. Y a diferencia de nosotros, ella no anda pidiendo que le cambien el nombre a nada. Solo sigue, panza al frente, administrando el subsuelo con una eficiencia que a más de una dependencia le gustaría copiar.
Investigadores de la UAM Xochimilco y del Hospital Gea González analizaron las heces de las ratas capitalinas y encontraron ahí el adenovirus 36, un patógeno que la ciencia asocia con el desarrollo de la obesidad. En cristiano: nuestras ratas no solo aguantan todo, ahora además cargan el virus de subir de peso. La única población de la ciudad que nunca ha necesitado un simulacro para saber por dónde huir, y encima ya nos alcanzó en el tema de la báscula.
Uno imagina la escena en el laboratorio: científicos de bata mirando con lupa la evidencia y descubriendo que el roedor promedio de la colonia lleva una vida que, nutricionalmente hablando, no dista mucho de la nuestra. Comen de más, se mueven en manada, prosperan en la adversidad y no pisan un gimnasio jamás. Si esto no es integración cultural con la capital, no sé qué lo sea.
Los investigadores advirtieron, con toda razón, sobre los riesgos que esto representa para la salud pública, y ahí la sátira se baja del camión: el hallazgo es serio y conviene tomárselo en serio. Pero permítasenos un minuto de humildad interespecie. Llevamos décadas presumiéndole a la rata nuestra supuesta superioridad, y resulta que compartimos hasta el diagnóstico. Nos organizamos peor, evacuamos más lento y ahora empatamos en el antojo.
Que conste en actas: en la Ciudad de México, hasta la plaga se nos parece cada vez más. Y a diferencia de nosotros, ella no anda pidiendo que le cambien el nombre a nada. Solo sigue, panza al frente, administrando el subsuelo con una eficiencia que a más de una dependencia le gustaría copiar.