Trump le buscará un nombre "más elegante" a la inteligencia artificial (la inteligencia sigue pendiente)
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Mientras en México ensayábamos cómo salir vivos de un edificio, en Estados Unidos Donald Trump ensayaba un problema más existencial: que el término "inteligencia artificial" no le suena suficientemente elegante. Por eso lanzó una encuesta para rebautizarla con algo más fino, anunció la creación de un zar de la IA y prometió una "fuerza de la IA" para no quedarse atrás de China, a la que, según él, ya le llevan ventaja.
Es un método de gobierno reconfortante por su sencillez. Si un asunto es complejo, caro y difícil de controlar, la primera medida no es entenderlo: es ponerle otro nombre. La tecnología que amenaza empleos, redefine industrias y desvela a medio planeta apenas necesita, resulta, un cambio de imagen. Un rebranding. Que suene bonito y ya veremos qué hace.
Uno agradecería que la misma energía se dedicara a las cosas que la IA genera de verdad, pero pedir eso sería exigirle poesía a un cronómetro. Aquí lo urgente es el envoltorio. Habrá zar, habrá fuerza, habrá encuesta popular para elegir la etiqueta perfecta, como quien somete a votación el nombre de una mascota nueva. Falta ver si alguien somete a votación qué va a hacer esa mascota cuando crezca.
Lo entrañable del asunto es la seguridad con que se anuncia la ventaja sobre el resto del mundo. Nada dice liderazgo tecnológico como convocar un concurso de nombres. China, imaginamos, tiembla: mientras ellos programan, del otro lado se debate si "inteligencia artificial" lleva demasiado "artificial" para el gusto del jefe.
Al final, cada país tiene su simulacro. El nuestro fue prepararnos para un terremoto que anunciamos con hora exacta. El suyo, prepararse para el futuro cambiándole el rótulo. En ambos casos, lo importante no era resolver el peligro, sino demostrar que estamos listísimos para nombrarlo con estilo.
Es un método de gobierno reconfortante por su sencillez. Si un asunto es complejo, caro y difícil de controlar, la primera medida no es entenderlo: es ponerle otro nombre. La tecnología que amenaza empleos, redefine industrias y desvela a medio planeta apenas necesita, resulta, un cambio de imagen. Un rebranding. Que suene bonito y ya veremos qué hace.
Uno agradecería que la misma energía se dedicara a las cosas que la IA genera de verdad, pero pedir eso sería exigirle poesía a un cronómetro. Aquí lo urgente es el envoltorio. Habrá zar, habrá fuerza, habrá encuesta popular para elegir la etiqueta perfecta, como quien somete a votación el nombre de una mascota nueva. Falta ver si alguien somete a votación qué va a hacer esa mascota cuando crezca.
Lo entrañable del asunto es la seguridad con que se anuncia la ventaja sobre el resto del mundo. Nada dice liderazgo tecnológico como convocar un concurso de nombres. China, imaginamos, tiembla: mientras ellos programan, del otro lado se debate si "inteligencia artificial" lleva demasiado "artificial" para el gusto del jefe.
Al final, cada país tiene su simulacro. El nuestro fue prepararnos para un terremoto que anunciamos con hora exacta. El suyo, prepararse para el futuro cambiándole el rótulo. En ambos casos, lo importante no era resolver el peligro, sino demostrar que estamos listísimos para nombrarlo con estilo.