La Fortaleza: un fraccionamiento tan sólido que ni Catastro lo encuentra
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Pocas cosas tan mexicanas como un desarrollo que existe en el papel del cabildo pero no en los registros del gobierno. En Parral, el fraccionamiento La Fortaleza fue autorizado por el ayuntamiento el 13 de marzo, y medio año después, Catastro sigue esperando que alguien le mande el proyecto para asignarle claves individuales a los lotes. Traducción: hay terrenos aprobados, pero oficialmente flotan en el limbo, sin identidad catastral, como almas en pena con vista a la calle.
El nombre no pudo ser más irónico. La Fortaleza sugiere solidez, muros gruesos, permanencia; la realidad sugiere un castillo de trámites que no termina de bajar el puente levadizo. Seis meses es tiempo suficiente para que nazca un bebé, para que madure una cosecha, para que se olvide una promesa de campaña; pero no, al parecer, para que un documento viaje del cabildo a la oficina de al lado. Uno sospecha que el expediente anda extraviado en ese Triángulo de las Bermudas administrativo donde desaparecen los oficios entre una dependencia y otra.
El asunto sería puro folclor burocrático si no fuera porque tiene consecuencias reales. El colectivo Salvemos los Cerros advirtió que estos desarrollos irregulares amenazan el abastecimiento de agua de Parral, señalando impacto ambiental e infraestructura insuficiente, luego de que la autoridad federal clausurara precisamente La Fortaleza. Es decir, tenemos un fraccionamiento que la federación ya frenó, que el catastro todavía no reconoce, que el cabildo ya bendijo y que los vecinos temen que se lleve el agua que falta. Un prodigio de coordinación institucional donde cada quien opina distinto sobre el mismo pedazo de tierra.
Mientras tanto, la ciudadanía parralense observa el clásico ballet: por un lado se autorizan desarrollos nuevos, por el otro el propio municipio anuncia la perforación de un pozo de 400 metros en Cerro Blanco para buscar más agua, y en las colonias de siempre el líquido sigue llegando por tandeo, repartido por turnos como dulce en piñata. Se aprueba primero y se pregunta después de dónde saldrá el agua; se venden lotes y luego se reza para que la red aguante.
La moraleja de La Fortaleza es la de tantos proyectos: la firma va rapidísimo, el papeleo va lentísimo y la planeación va hasta atrás, jadeando. Aprobar es fácil, cuesta una sesión de cabildo y un aplauso; regularizar, dotar de servicios y garantizar agua es la parte aburrida que nadie quiere inaugurar con tijeras y listón. Ojalá que, entre clausura federal, advertencia ambiental y clave catastral extraviada, alguien recuerde que detrás de cada lote habrá familias esperando que su fortaleza, algún día, exista también en la vida real y no solo en el acta.
El nombre no pudo ser más irónico. La Fortaleza sugiere solidez, muros gruesos, permanencia; la realidad sugiere un castillo de trámites que no termina de bajar el puente levadizo. Seis meses es tiempo suficiente para que nazca un bebé, para que madure una cosecha, para que se olvide una promesa de campaña; pero no, al parecer, para que un documento viaje del cabildo a la oficina de al lado. Uno sospecha que el expediente anda extraviado en ese Triángulo de las Bermudas administrativo donde desaparecen los oficios entre una dependencia y otra.
El asunto sería puro folclor burocrático si no fuera porque tiene consecuencias reales. El colectivo Salvemos los Cerros advirtió que estos desarrollos irregulares amenazan el abastecimiento de agua de Parral, señalando impacto ambiental e infraestructura insuficiente, luego de que la autoridad federal clausurara precisamente La Fortaleza. Es decir, tenemos un fraccionamiento que la federación ya frenó, que el catastro todavía no reconoce, que el cabildo ya bendijo y que los vecinos temen que se lleve el agua que falta. Un prodigio de coordinación institucional donde cada quien opina distinto sobre el mismo pedazo de tierra.
Mientras tanto, la ciudadanía parralense observa el clásico ballet: por un lado se autorizan desarrollos nuevos, por el otro el propio municipio anuncia la perforación de un pozo de 400 metros en Cerro Blanco para buscar más agua, y en las colonias de siempre el líquido sigue llegando por tandeo, repartido por turnos como dulce en piñata. Se aprueba primero y se pregunta después de dónde saldrá el agua; se venden lotes y luego se reza para que la red aguante.
La moraleja de La Fortaleza es la de tantos proyectos: la firma va rapidísimo, el papeleo va lentísimo y la planeación va hasta atrás, jadeando. Aprobar es fácil, cuesta una sesión de cabildo y un aplauso; regularizar, dotar de servicios y garantizar agua es la parte aburrida que nadie quiere inaugurar con tijeras y listón. Ojalá que, entre clausura federal, advertencia ambiental y clave catastral extraviada, alguien recuerde que detrás de cada lote habrá familias esperando que su fortaleza, algún día, exista también en la vida real y no solo en el acta.