Zapotlanejo se inunda por entregas y el huachicol se decomisa sin dueño
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Amaneció lloviendo en Guadalajara, tal como lo tenía profetizado el drenaje desde hace medio siglo, cuando fue diseñado para una ciudad que, según los planos, jamás iba a crecer. Y como buen clásico del cine nacional, la película ya la habíamos visto: Zapotlanejo volvió a quedar bajo el agua, en las mismas colonias, con los mismos muebles flotando y los mismos vecinos sacando lodo a cubetazos. Hace dos años estrenaron esta cinta —esa vez con un muerto—; hoy vino la secuela, con 147 inmuebles afectados y cerca de cien personas evacuadas a dos refugios. Nadie pidió el remake, pero aquí lo tienen.
Lo notable no es que se inundara, sino la coreografía institucional que vino después. Los vecinos avisaron hace meses sobre el nivel de las presas de la parte alta; la respuesta municipal, cuentan, no corría con la misma prisa que el agua. Ya con el barrio nadando, la alcaldesa reconoció la omisión —un gesto de honestidad que llega puntual, como las lanchas de rescate— y el gobernador aseguró que todas las dependencias estatales estaban listísimas para actuar. Listas para actuar después, se entiende, que es la especialidad de la casa. La versión oficial descartó que se rompiera una presa: fue una tormenta severa y la saturación de la cuenca. Es decir, llovió mucho sobre un lugar que ya sabíamos que se inunda. Ciencia de punta. Y quedó pendiente la única pregunta que le importa al que perdió el refrigerador: ¿quién paga?
Del agua brincamos al combustible, porque el fin de semana también nos regaló el decomiso de huachicol más grande de la historia: 59 millones de litros, mil 500 millones de pesos, una terminal de almacenamiento operando a plena luz del día. Un golpe espectacular al crimen organizado con un pequeño detalle de guion: cero detenidos. Setenta y seis días de indagatorias y la Fiscalía sigue buscando al responsable de una planta que, por lo visto, se llenó sola. Somos, como bien apuntó un columnista tapatío, el país que persigue ferozmente a la delincuencia pero nunca a los delincuentes. La empresa señalada, por cierto, jura que todo opera con licencias en regla, lo cual solo profundiza el misterio: si es legal, ¿qué decomisaron?, y si no, ¿de quién es? En el país de Nunca Jamás, el combustible no tiene dueño, igual que las culpas.
Mientras el interior se ahogaba, la costa vivía su propia distopía. En la bahía de Puerto Vallarta apareció una barcaza con una pantalla LED gigante navegando frente a los bañistas, cortesía de una empresa de reciente creación con vocación de dolor de cabeza. La ocurrencia —vender anuncios flotando sobre el mar— indignó a regidores, hoteleros y turistas por igual, y la firma se defendió con el argumento más socorrido de la costa: estoy en zona federal. Traducción: mientras nadie sepa de quién es el agua, yo pongo mi pantalla. Es el mismo principio jurídico del huachicol, pero con vista al atardecer.
En el terreno de lo cósmico, la humanidad tuvo su semana grande: un investigador de una empresa de inteligencia artificial admitió que hay más de 10% de probabilidad de que la IA nos extinga en diez años, la ONU advirtió que la cosa amenaza todos los derechos humanos, y varios programadores renunciaron avisando que quizá construyeron el fin del mundo. La respuesta del presidente del país vecino fue exigir que no se frene el desarrollo y, sobre todo, que le cambien el nombre a la inteligencia artificial porque le parece impreciso y poco elegante. Perfecto: nos vamos a extinguir, pero con el branding actualizado. Que nadie diga que faltó sentido de la prioridad.
En lo económico, otro milagro: las gasolineras empezaron a esconder el diésel. Con el tope de 27 pesos y los precios internacionales por las nubes, venderlo salió incosteable, así que varias estaciones simplemente dejaron de ofrecerlo. Ahora hay Magna y Premium, y para el diésel, paciencia y fe. Y en Guadalajara, tras cancelar los Puntos Limpios, la basura descubrió que no necesitaba permiso para quedarse: los antiguos puntos siguen operando como tiraderos clandestinos, con la única novedad de que ahora es infracción. La política pública consistió en quitar el bote y confiar en la vergüenza ajena.
Cerramos con la alta política. Desde el norte, la Presidenta blandió la soberanía y advirtió que la injerencia provoca violencia, justo cuando un exjefe de la DEA sugería que México pidiera apoyo militar del vecino y, de paso, investigara a los políticos que protegen al crimen. Ambas cosas incomodísimas, cada quien la suya. Y en Zapopan, una diputada anunció que su candidatura sería de unidad, ese hermoso sinónimo local de yo quiero, pero lo digo bonito. Buen domingo, Jalisco: seco por dentro, inundado por fuera, y con pantalla.
Lo notable no es que se inundara, sino la coreografía institucional que vino después. Los vecinos avisaron hace meses sobre el nivel de las presas de la parte alta; la respuesta municipal, cuentan, no corría con la misma prisa que el agua. Ya con el barrio nadando, la alcaldesa reconoció la omisión —un gesto de honestidad que llega puntual, como las lanchas de rescate— y el gobernador aseguró que todas las dependencias estatales estaban listísimas para actuar. Listas para actuar después, se entiende, que es la especialidad de la casa. La versión oficial descartó que se rompiera una presa: fue una tormenta severa y la saturación de la cuenca. Es decir, llovió mucho sobre un lugar que ya sabíamos que se inunda. Ciencia de punta. Y quedó pendiente la única pregunta que le importa al que perdió el refrigerador: ¿quién paga?
Del agua brincamos al combustible, porque el fin de semana también nos regaló el decomiso de huachicol más grande de la historia: 59 millones de litros, mil 500 millones de pesos, una terminal de almacenamiento operando a plena luz del día. Un golpe espectacular al crimen organizado con un pequeño detalle de guion: cero detenidos. Setenta y seis días de indagatorias y la Fiscalía sigue buscando al responsable de una planta que, por lo visto, se llenó sola. Somos, como bien apuntó un columnista tapatío, el país que persigue ferozmente a la delincuencia pero nunca a los delincuentes. La empresa señalada, por cierto, jura que todo opera con licencias en regla, lo cual solo profundiza el misterio: si es legal, ¿qué decomisaron?, y si no, ¿de quién es? En el país de Nunca Jamás, el combustible no tiene dueño, igual que las culpas.
Mientras el interior se ahogaba, la costa vivía su propia distopía. En la bahía de Puerto Vallarta apareció una barcaza con una pantalla LED gigante navegando frente a los bañistas, cortesía de una empresa de reciente creación con vocación de dolor de cabeza. La ocurrencia —vender anuncios flotando sobre el mar— indignó a regidores, hoteleros y turistas por igual, y la firma se defendió con el argumento más socorrido de la costa: estoy en zona federal. Traducción: mientras nadie sepa de quién es el agua, yo pongo mi pantalla. Es el mismo principio jurídico del huachicol, pero con vista al atardecer.
En el terreno de lo cósmico, la humanidad tuvo su semana grande: un investigador de una empresa de inteligencia artificial admitió que hay más de 10% de probabilidad de que la IA nos extinga en diez años, la ONU advirtió que la cosa amenaza todos los derechos humanos, y varios programadores renunciaron avisando que quizá construyeron el fin del mundo. La respuesta del presidente del país vecino fue exigir que no se frene el desarrollo y, sobre todo, que le cambien el nombre a la inteligencia artificial porque le parece impreciso y poco elegante. Perfecto: nos vamos a extinguir, pero con el branding actualizado. Que nadie diga que faltó sentido de la prioridad.
En lo económico, otro milagro: las gasolineras empezaron a esconder el diésel. Con el tope de 27 pesos y los precios internacionales por las nubes, venderlo salió incosteable, así que varias estaciones simplemente dejaron de ofrecerlo. Ahora hay Magna y Premium, y para el diésel, paciencia y fe. Y en Guadalajara, tras cancelar los Puntos Limpios, la basura descubrió que no necesitaba permiso para quedarse: los antiguos puntos siguen operando como tiraderos clandestinos, con la única novedad de que ahora es infracción. La política pública consistió en quitar el bote y confiar en la vergüenza ajena.
Cerramos con la alta política. Desde el norte, la Presidenta blandió la soberanía y advirtió que la injerencia provoca violencia, justo cuando un exjefe de la DEA sugería que México pidiera apoyo militar del vecino y, de paso, investigara a los políticos que protegen al crimen. Ambas cosas incomodísimas, cada quien la suya. Y en Zapopan, una diputada anunció que su candidatura sería de unidad, ese hermoso sinónimo local de yo quiero, pero lo digo bonito. Buen domingo, Jalisco: seco por dentro, inundado por fuera, y con pantalla.