Del «amo al blanquiazul» al guateque guinda: la metamorfosis express de un joven político
Tamaño de letra
Hay trayectorias políticas que se construyen con años de congruencia, y hay otras que se construyen con un buen DJ. En Irapuato tenemos un caso de estudio: Ramón Hernández Zamora, aquella «promesa joven» del Partido Acción Nacional, ese militante que durante casi una década llevó la camiseta blanquiazul y que desde la Secretaría de Acción Juvenil llegó —según se cuenta— a gritar literalmente que amaba al PAN, hoy aparece en las filas de Morena. Y no llegó de puntitas: estrenó su nueva afiliación con comilona, banda y regalos en el marco del Día del Padre.
Uno admira la eficiencia. Cambiar de partido es un trámite del alma que a muchos les cuesta noches de insomnio; a otros les basta contratar el sonido y mandar hacer los recuerditos. La gran promesa panista se volvió la flamante adquisición morenista en lo que tarda en cuajar un mole, y la transición se selló no con un documento ideológico sino con un convivio. En la política del Bajío, las convicciones son como los teléfonos: se actualizan cuando sale el modelo nuevo y con mejor plan de datos.
Lo entrañable del asunto es la coreografía. Ayer el blanco impoluto, los foros juveniles, el liderazgo, las «agendas públicas». Hoy el guinda, la banda y el derroche festivo. Y uno se pregunta qué pasará con todos esos discursos de antaño, esos juramentos de amor eterno al blanquiazul. ¿Se reciclan? ¿Se borran como mural de santo? ¿Se guardan en una caja junto a las playeras viejas? La memoria política mexicana, por fortuna para los chapulines, tiene la duración de un repost.
Que conste: cambiar de opinión es legítimo, evolucionar es humano y nadie está obligado a morir con la camiseta que estrenó a los veinte años. Pero hay maneras y maneras. Y pasar del «amo al partido» a la fiesta con banda en honor a la nueva militancia tiene un encanto particular, casi telenovelero. El joven político demostró que en el Bajío la lealtad es un valor flexible y la fiesta, un valor permanente. La próxima vez que alguien jure amor eterno a unas siglas, conviene preguntarle nada más una cosa: ¿ya tienes apartada la banda?
Uno admira la eficiencia. Cambiar de partido es un trámite del alma que a muchos les cuesta noches de insomnio; a otros les basta contratar el sonido y mandar hacer los recuerditos. La gran promesa panista se volvió la flamante adquisición morenista en lo que tarda en cuajar un mole, y la transición se selló no con un documento ideológico sino con un convivio. En la política del Bajío, las convicciones son como los teléfonos: se actualizan cuando sale el modelo nuevo y con mejor plan de datos.
Lo entrañable del asunto es la coreografía. Ayer el blanco impoluto, los foros juveniles, el liderazgo, las «agendas públicas». Hoy el guinda, la banda y el derroche festivo. Y uno se pregunta qué pasará con todos esos discursos de antaño, esos juramentos de amor eterno al blanquiazul. ¿Se reciclan? ¿Se borran como mural de santo? ¿Se guardan en una caja junto a las playeras viejas? La memoria política mexicana, por fortuna para los chapulines, tiene la duración de un repost.
Que conste: cambiar de opinión es legítimo, evolucionar es humano y nadie está obligado a morir con la camiseta que estrenó a los veinte años. Pero hay maneras y maneras. Y pasar del «amo al partido» a la fiesta con banda en honor a la nueva militancia tiene un encanto particular, casi telenovelero. El joven político demostró que en el Bajío la lealtad es un valor flexible y la fiesta, un valor permanente. La próxima vez que alguien jure amor eterno a unas siglas, conviene preguntarle nada más una cosa: ¿ya tienes apartada la banda?