En la puerta de la justicia: donde más seguro deberías estar, más rápido te desarman
Tamaño de letra
Hay lugares donde uno da por hecho que está a salvo: un hospital, una iglesia, la fila del banco. En Delicias, a esa lista habrá que tacharle la puerta de la Fiscalía.
Este lunes, mientras un policía municipal trasladaba a un detenido hacia la Unidad de Investigación, un hombre de 49 años identificado como Édgar C. A. se le acercó, forcejeó con él, le arrebató su arma de cargo y la accionó, hiriéndolo. El escenario del episodio no fue un callejón oscuro ni una brecha perdida de la sierra: fue afuera del edificio de la Fiscalía General del Estado, entre la calle Cuarta y la avenida 25 Poniente, colonia Magisterial. O sea, en el punto del municipio con mayor densidad de autoridad por metro cuadrado.
Detengámonos a admirar la geografía del absurdo. Existe algo profundamente chihuahuense en que el forcejeo por un arma ocurra justo en la antesala del organismo encargado de resguardarlas. Es como que te roben la cartera dentro del módulo de denuncias, o que te choquen el coche en el estacionamiento de Tránsito. La escena parece diseñada por un guionista con sentido del humor muy negro.
Las autoridades hicieron su parte con eficiencia: la Agencia Estatal de Investigación detuvo al presunto agresor esa misma tarde y lo dejó a disposición por tentativa de homicidio. El agente municipal, herido en el hombro, fue reportado estable. Hasta ahí, el sistema funcionó. El problema es lo que pasó antes: que el traslado más rutinario del mundo —llevar a un detenido de la puerta al escritorio— se convirtiera en un episodio de balística involuntaria.
Uno esperaría que la fachada de la Fiscalía fuera el lugar donde un uniformado puede bajar la guardia dos segundos. Resulta que es exactamente donde no debe. Si el edificio que representa la ley es también el que necesita más vigilancia en su propia banqueta, la conclusión es incómoda: en materia de seguridad, aquí ni el vestíbulo se salva.
Que el agente se recupere pronto. Y que, la próxima vez, el trayecto de la puerta al mostrador tenga menos sobresaltos que una serie de suspenso.
Este lunes, mientras un policía municipal trasladaba a un detenido hacia la Unidad de Investigación, un hombre de 49 años identificado como Édgar C. A. se le acercó, forcejeó con él, le arrebató su arma de cargo y la accionó, hiriéndolo. El escenario del episodio no fue un callejón oscuro ni una brecha perdida de la sierra: fue afuera del edificio de la Fiscalía General del Estado, entre la calle Cuarta y la avenida 25 Poniente, colonia Magisterial. O sea, en el punto del municipio con mayor densidad de autoridad por metro cuadrado.
Detengámonos a admirar la geografía del absurdo. Existe algo profundamente chihuahuense en que el forcejeo por un arma ocurra justo en la antesala del organismo encargado de resguardarlas. Es como que te roben la cartera dentro del módulo de denuncias, o que te choquen el coche en el estacionamiento de Tránsito. La escena parece diseñada por un guionista con sentido del humor muy negro.
Las autoridades hicieron su parte con eficiencia: la Agencia Estatal de Investigación detuvo al presunto agresor esa misma tarde y lo dejó a disposición por tentativa de homicidio. El agente municipal, herido en el hombro, fue reportado estable. Hasta ahí, el sistema funcionó. El problema es lo que pasó antes: que el traslado más rutinario del mundo —llevar a un detenido de la puerta al escritorio— se convirtiera en un episodio de balística involuntaria.
Uno esperaría que la fachada de la Fiscalía fuera el lugar donde un uniformado puede bajar la guardia dos segundos. Resulta que es exactamente donde no debe. Si el edificio que representa la ley es también el que necesita más vigilancia en su propia banqueta, la conclusión es incómoda: en materia de seguridad, aquí ni el vestíbulo se salva.
Que el agente se recupere pronto. Y que, la próxima vez, el trayecto de la puerta al mostrador tenga menos sobresaltos que una serie de suspenso.