El decomiso más grande de la historia (de los malentendidos)
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Hay anuncios que envejecen mal en cuestión de días. El “decomiso histórico de huachicol” en Guanajuato va camino de envejecer en horas. La FGR presentó el aseguramiento de una planta con 59 millones de litros de combustible como el contrabando “más grande en la historia” del país, y por un momento el país entero le creyó. Duró poco.
Bastó que un par de columnistas jalaran el hilo para que el traje de superhéroe empezara a descoserse. Resulta que el sonoro anuncio se hizo trece días después de que las autoridades detuvieron una pipa; que en el trayecto pasaron por la planta, revisaron papeles durante dos días y se fueron sin clausurar nada; y que, dos semanas más tarde, cuando por fin llegó el golpe de pecho mediático, ya nadie sabía muy bien qué se había asegurado, de quién era, ni por qué. Un misterio con logotipo institucional.
Las hipótesis que circulan son de todos los sabores: que fue un distractor, que fue un pretexto para golpear al secretario de Seguridad —a quien, dicen, demasiada gente le mira alas de candidato presidencial—, o que simplemente fue lo que parece: un operativo lleno de hoyos anunciado con trompetas antes de tiempo. Como sea, el saldo es incómodo. Cuando tu “decomiso histórico” genera más preguntas sin responder que respuestas, dejaste de asegurar combustible y empezaste a asegurar dudas.
Hay algo casi entrañable en el método. Primero se suelta el titular épico, con superlativo incluido —“el más grande de la historia” es la talla única de los boletines oficiales—, y después, con suerte, se buscan los expedientes que lo sostengan. Es el equivalente forense de disparar y luego pintar el blanco alrededor del agujero. El problema es que en este caso el blanco quedó tan mal pintado que se ve el gis.
Mientras tanto, el operativo original que había en Guanajuato —el que sí involucraba a policías municipales de varios ayuntamientos— fue frenado por las alturas antes de una visita presidencial, por temor a que la cosa terminara en balaceras justo cuando la comitiva andaba por ahí. Es decir: el golpe planeado se guardó, y en su lugar salió a escena el megaaseguramiento que hoy hace agua. Del susto real al espectáculo cuestionable en un solo movimiento. Si la procuración de justicia fuera teatro, ya habrían pedido reembolso en taquilla. Como es asunto de Estado, solo pediremos, humildemente, la trazabilidad.
Bastó que un par de columnistas jalaran el hilo para que el traje de superhéroe empezara a descoserse. Resulta que el sonoro anuncio se hizo trece días después de que las autoridades detuvieron una pipa; que en el trayecto pasaron por la planta, revisaron papeles durante dos días y se fueron sin clausurar nada; y que, dos semanas más tarde, cuando por fin llegó el golpe de pecho mediático, ya nadie sabía muy bien qué se había asegurado, de quién era, ni por qué. Un misterio con logotipo institucional.
Las hipótesis que circulan son de todos los sabores: que fue un distractor, que fue un pretexto para golpear al secretario de Seguridad —a quien, dicen, demasiada gente le mira alas de candidato presidencial—, o que simplemente fue lo que parece: un operativo lleno de hoyos anunciado con trompetas antes de tiempo. Como sea, el saldo es incómodo. Cuando tu “decomiso histórico” genera más preguntas sin responder que respuestas, dejaste de asegurar combustible y empezaste a asegurar dudas.
Hay algo casi entrañable en el método. Primero se suelta el titular épico, con superlativo incluido —“el más grande de la historia” es la talla única de los boletines oficiales—, y después, con suerte, se buscan los expedientes que lo sostengan. Es el equivalente forense de disparar y luego pintar el blanco alrededor del agujero. El problema es que en este caso el blanco quedó tan mal pintado que se ve el gis.
Mientras tanto, el operativo original que había en Guanajuato —el que sí involucraba a policías municipales de varios ayuntamientos— fue frenado por las alturas antes de una visita presidencial, por temor a que la cosa terminara en balaceras justo cuando la comitiva andaba por ahí. Es decir: el golpe planeado se guardó, y en su lugar salió a escena el megaaseguramiento que hoy hace agua. Del susto real al espectáculo cuestionable en un solo movimiento. Si la procuración de justicia fuera teatro, ya habrían pedido reembolso en taquilla. Como es asunto de Estado, solo pediremos, humildemente, la trazabilidad.