La carne asada sube 25%: réquiem por el kilo de a 174
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En Nuevo León hay cosas sagradas: el cerro de la Silla, el aguantar el calor sin quejarse mucho, y la carne asada del fin de semana. Pues bien, prepárense, porque una de esas tres acaba de encarecerse un 25% en un año. El kilo de res pasó de 174 pesos en agosto del año pasado a 217 pesos en el mismo mes de este año. No es inflación: es un golpe al patrimonio cultural.
Las razones son terrenales y tienen poco de chiste: menor disponibilidad de ganado en engorda y las restricciones derivadas de la detección de casos de gusano barrenador, que mantienen la frontera cerrada. Es decir, el problema es real, sanitario y de mercado. Pero eso no cambia el drama doméstico: el ritual regio más democrático —prender el carbón, invitar a la banda, discutir quién le sabe al término medio— ahora exige una hipoteca chica.
Hagamos las cuentas del domingo, que duelen más que cualquier editorial. Antes, con lo mismo, comía la familia y sobraba para el recalentado del lunes. Ahora, por cada kilo, hay que soltar 43 pesos más. Multiplíquenlo por la parrilla completa y entenderán por qué en más de un patio la conversación pasó del futbol a la microeconomía. El clásico "tú trae la carne y yo el refresco" se está renegociando con la seriedad de un tratado comercial.
El fenómeno tiene, además, un efecto secundario cruel: obliga a la creatividad. Ya se ven las señales. Más nopal en el asador. Cebollitas que ahora sí importan. La arrachera degradada a artículo de lujo, reservada para cumpleaños y reconciliaciones. Y el eterno cuñado que llega tarde y sin nada, hoy más señalado que nunca, porque cada pieza cuenta.
No es que los regios vayan a dejar de asar; eso jamás. Es que asar se volvió un acto de resistencia económica. Mientras la frontera siga cerrada y el ganado escaso, el precio no bajará por decreto ni por nostalgia. Así que este fin de semana, cuando alguien reparta la carne, trátenla con el respeto que merece: cada gramo cuesta más caro que el año pasado, y el sabor de la austeridad, la verdad, no sabe a nada.
Las razones son terrenales y tienen poco de chiste: menor disponibilidad de ganado en engorda y las restricciones derivadas de la detección de casos de gusano barrenador, que mantienen la frontera cerrada. Es decir, el problema es real, sanitario y de mercado. Pero eso no cambia el drama doméstico: el ritual regio más democrático —prender el carbón, invitar a la banda, discutir quién le sabe al término medio— ahora exige una hipoteca chica.
Hagamos las cuentas del domingo, que duelen más que cualquier editorial. Antes, con lo mismo, comía la familia y sobraba para el recalentado del lunes. Ahora, por cada kilo, hay que soltar 43 pesos más. Multiplíquenlo por la parrilla completa y entenderán por qué en más de un patio la conversación pasó del futbol a la microeconomía. El clásico "tú trae la carne y yo el refresco" se está renegociando con la seriedad de un tratado comercial.
El fenómeno tiene, además, un efecto secundario cruel: obliga a la creatividad. Ya se ven las señales. Más nopal en el asador. Cebollitas que ahora sí importan. La arrachera degradada a artículo de lujo, reservada para cumpleaños y reconciliaciones. Y el eterno cuñado que llega tarde y sin nada, hoy más señalado que nunca, porque cada pieza cuenta.
No es que los regios vayan a dejar de asar; eso jamás. Es que asar se volvió un acto de resistencia económica. Mientras la frontera siga cerrada y el ganado escaso, el precio no bajará por decreto ni por nostalgia. Así que este fin de semana, cuando alguien reparta la carne, trátenla con el respeto que merece: cada gramo cuesta más caro que el año pasado, y el sabor de la austeridad, la verdad, no sabe a nada.