El alcalde que quiere ordeñar un cerro: Naica al rescate de un campo muerto de sed
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En el catálogo de ideas nacidas de la desesperación, la de esta semana viene firmada desde Delicias. Ante un campo que agoniza por la falta de lluvia, el alcalde Jesús Valenciano García propuso extraer agua del subsuelo de la mina de Naica —esa que, asegura, guarda un volumen equivalente al de la presa La Boquilla— y conducirla por gravedad a lo largo de 30 kilómetros hasta la presa Las Vírgenes.
Traducido: como no cae agua del cielo, vamos a sacarla del inframundo. Es el tipo de plan que suena maravilloso en una rueda de prensa y regular cuando alguien pregunta quién paga la bomba, la tubería y los 30 kilómetros de fe.
El diagnóstico, eso sí, es real y es dramático: en la región centro-sur sólo se han podido regar cuatro de cada diez hectáreas, y no hay certeza de que exista ciclo agrícola el próximo año. Valenciano, junto con su homólogo de Saucillo, Rodolfo Gardea Palma, gestiona el proyecto de emergencia ante la Conagua y el Gobierno federal. Emergencia es la palabra clave: cuando el plan B es minar un cerro, es que el plan A hace rato que se secó.
Uno entiende la angustia. El campo chihuahuense carga con buena parte de la economía regional y lleva temporadas rezando por nubes que no llegan. Pero hay algo profundamente chihuahuense en la escena: mientras la capital pasó el martes achicando avenidas inundadas, a unos kilómetros los productores calculan cómo ordeñar una mina. En este estado el agua siempre está en el lugar equivocado a la hora equivocada.
Ojalá funcione. Ojalá Naica resulte ser el acuífero milagroso que salve el ciclo y no una cuenta de luz impagable con forma de proyecto. Porque si algo hemos aprendido es que en Chihuahua los planes hídricos de emergencia tienen dos destinos: convertirse en obra ejemplar o en el siguiente tema del que nadie quiere hablar en la próxima sequía. Por lo pronto, el cerro ya quedó formalmente en la lista de proveedores.
Traducido: como no cae agua del cielo, vamos a sacarla del inframundo. Es el tipo de plan que suena maravilloso en una rueda de prensa y regular cuando alguien pregunta quién paga la bomba, la tubería y los 30 kilómetros de fe.
El diagnóstico, eso sí, es real y es dramático: en la región centro-sur sólo se han podido regar cuatro de cada diez hectáreas, y no hay certeza de que exista ciclo agrícola el próximo año. Valenciano, junto con su homólogo de Saucillo, Rodolfo Gardea Palma, gestiona el proyecto de emergencia ante la Conagua y el Gobierno federal. Emergencia es la palabra clave: cuando el plan B es minar un cerro, es que el plan A hace rato que se secó.
Uno entiende la angustia. El campo chihuahuense carga con buena parte de la economía regional y lleva temporadas rezando por nubes que no llegan. Pero hay algo profundamente chihuahuense en la escena: mientras la capital pasó el martes achicando avenidas inundadas, a unos kilómetros los productores calculan cómo ordeñar una mina. En este estado el agua siempre está en el lugar equivocado a la hora equivocada.
Ojalá funcione. Ojalá Naica resulte ser el acuífero milagroso que salve el ciclo y no una cuenta de luz impagable con forma de proyecto. Porque si algo hemos aprendido es que en Chihuahua los planes hídricos de emergencia tienen dos destinos: convertirse en obra ejemplar o en el siguiente tema del que nadie quiere hablar en la próxima sequía. Por lo pronto, el cerro ya quedó formalmente en la lista de proveedores.