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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 8 de octubre, 2026
Ciudad de México • Nota • 23 de septiembre de 2026

Siete años a la sombra por un logotipo mal usado

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Hay iniciativas que uno lee dos veces por si entendió mal, y luego una tercera por si la broma era buena. Las comisiones del Senado perfilan avalar la propuesta que sanciona el uso indebido de la identidad gráfica institucional del gobierno con penas de hasta siete años de cárcel. En la calle ya se le bautizó como 'la ley antimemes', un apodo que la iniciativa seguramente considerará uso indebido de su identidad conceptual.

Seamos justos y precisos, porque aquí la precisión es el chiste: lo que se busca castigar es el uso de logotipos, escudos y elementos gráficos oficiales, no el humor en abstracto. El problema es que, en la práctica mexicana, el logotipo oficial y el meme comparten el mismo hábitat: el celular del tío que reenvía todo al grupo familiar a las seis de la mañana. Distinguir entre 'apropiación indebida de identidad institucional' y 'la estampita chistosa que mandó la comadre' será tarea de jueces que, hasta ayer, tenían asuntos más terrenales que atender.

Siete años son muchos años. Es más de lo que dura una administración, más de lo que dura casi cualquier propósito de año nuevo, y considerablemente más de lo que dura la gracia de un meme, que suele fenecer en 48 horas. Uno se imagina el escenario: alguien cumpliendo condena mientras el formato por el que cayó ya pasó de moda dos veces y renació como nostalgia.

La ironía mayor es que este mismo país acaba de vivir cómo un elemento gráfico ajeno —el logo de un personaje televisivo entrañable— apareció en unas pintas que una figura política tuvo que salir a deslindar públicamente. Es decir: la vida real ya está produciendo el tipo de confusión gráfica que la ley pretende ordenar, y lo hace más rápido de lo que el Senado alcanza a legislar.

Critics y organizaciones ya encendieron el foco sobre los alcances de sancionar contenidos en internet, y con razón: en la era del reenvío, cualquiera puede volverse infractor sin saberlo, con el pulgar más rápido que el criterio. Ojalá el debate legislativo distinga con bisturí lo que es suplantar a una autoridad de lo que es reírse de ella, porque son cosas distintas y una república madura debería poder soportar la segunda sin necesidad de calabozo.

Mientras tanto, conviene ir practicando el humor analógico: el chiste dicho en voz baja, el gesto, la ceja levantada. Cosas que ningún logotipo puede reclamar como propias y que, por ahora, siguen siendo gratis.