Adiós Pase Turístico, hola cuota: el arte de cobrar lo mismo con otro nombre
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En un ejercicio de mercadotecnia que merece cátedra en cualquier escuela de negocios, el Gobierno de Nuevo León logró lo que pocas marcas consiguen: relanzar un producto odiado con nombre nuevo y esperar aplausos. Adiós al polémico "Pase Turístico"; bienvenido el flamante "programa de regularización" de vehículos con placas foráneas, con una cuota única de cinco mil ochocientos sesenta y cinco pesos, eso sí, por tiempo limitado, porque nada motiva más al ciudadano que la urgencia artificial.
El movimiento es de manual. Cuando un cobro genera rechazo, no se elimina el cobro: se elimina la palabra. El "turístico" se fue —era el término más cínico, hay que reconocerlo, porque de turismo el trámite no tenía absolutamente nada—, pero la cifra se quedó, cómoda, sentada en la ventanilla, esperando a su próxima víctima automovilística.
Es el equivalente fiscal de cuando un restaurante quita un platillo del menú, lo vuelve a poner con otro nombre y lo presenta como novedad de temporada. Mismo cobro, misma fila, misma cara de resignación del conductor que solo quería traer su carro sin sentirse delincuente vial.
Y hay que aplaudir el timing. En pleno año en que medio país se muda a Nuevo León —lo dice el propio INEGI—, cobrarle a cada recién llegado por el privilegio de legalizar su vehículo es, sencillamente, buen olfato recaudatorio. Si van a venir de todos modos, que al menos pasen por caja.
La autoridad presenta esto como un "incentivo" y un "descuento", vocabulario optimista para describir el acto de pagar. Porque en el diccionario gubernamental, cobrarte menos de lo que temías ya cuenta como regalarte algo. Cinco mil ochocientos sesenta y cinco pesos después, el foráneo entiende la primera lección del regio: aquí lo turístico era el nombre; lo permanente, la cuenta.
El movimiento es de manual. Cuando un cobro genera rechazo, no se elimina el cobro: se elimina la palabra. El "turístico" se fue —era el término más cínico, hay que reconocerlo, porque de turismo el trámite no tenía absolutamente nada—, pero la cifra se quedó, cómoda, sentada en la ventanilla, esperando a su próxima víctima automovilística.
Es el equivalente fiscal de cuando un restaurante quita un platillo del menú, lo vuelve a poner con otro nombre y lo presenta como novedad de temporada. Mismo cobro, misma fila, misma cara de resignación del conductor que solo quería traer su carro sin sentirse delincuente vial.
Y hay que aplaudir el timing. En pleno año en que medio país se muda a Nuevo León —lo dice el propio INEGI—, cobrarle a cada recién llegado por el privilegio de legalizar su vehículo es, sencillamente, buen olfato recaudatorio. Si van a venir de todos modos, que al menos pasen por caja.
La autoridad presenta esto como un "incentivo" y un "descuento", vocabulario optimista para describir el acto de pagar. Porque en el diccionario gubernamental, cobrarte menos de lo que temías ya cuenta como regalarte algo. Cinco mil ochocientos sesenta y cinco pesos después, el foráneo entiende la primera lección del regio: aquí lo turístico era el nombre; lo permanente, la cuenta.