Temporada de informes: gráficas que suben, teléfonos que no contestan
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Hay estaciones más confiables que el otoño en Nuevo León, y una de ellas es la temporada de informes de gobierno municipales: ese momento del año en que los alcaldes suben a un templete, colocan una gráfica con la flechita apuntando al cielo y descubren que administraron el paraíso.
En Santa Catarina, el alcalde presentó su segundo informe bajo un lema que no admite matices: «Cada vez mejor». Presumió que la percepción de inseguridad bajó 18.6 puntos porcentuales y prometió que la estrategia continuará. Todo espléndido, hasta que en la rueda de prensa soltó la verdad detrás de la utilería: tuvo que recurrir al gobierno federal y a las cámaras empresariales para conseguir recursos, porque —según él— «la falta de presupuesto no debe ser excusa». Y tiene razón: no es excusa, es método. El municipio que le pide prestado a todos los pisos del edificio para pintar su propia fachada y luego cobra el aplauso por la pintura.
En Salinas Victoria, el quinto informe vino con una cifra digna de otra latitud: aprobación ciudadana «superior al 90 por ciento». Noventa. En una democracia adulta eso amerita un recuento; aquí amerita pastel. Se habló de nearshoring, de inversión extranjera y de un municipio consolidado, y uno casi olvida que el resto del estado también existe.
Pero el verdadero monumento de la semana lo erigió Escobedo. El encargado de la alcaldía contó que buscó al gobernador para hablar del presupuesto 2027 y obtuvo la respuesta más regia de todas: nada. «El gobernador no me ha contestado», dijo. Y no es cualquier desaire: Samuel García fue quien convocó a los 51 alcaldes a dialogar, quien los invitó a hablarle en persona, quien montó el gran llamado a la unidad presupuestal. Organizó la fiesta, mandó las invitaciones y dejó a medio Escobedo esperando en el chat. La política neoleonesa reducida a su forma más pura: una doble palomita que nunca se pone en azul.
Así que aquí estamos, entre alcaldes que administraron el edén con dinero ajeno, aprobaciones de 90 por ciento que nadie audita y un gobernador que convoca al diálogo y luego apaga los datos. Cada vez mejor, insisten todos. Solo falta que alguien conteste el teléfono para confirmarlo.
En Santa Catarina, el alcalde presentó su segundo informe bajo un lema que no admite matices: «Cada vez mejor». Presumió que la percepción de inseguridad bajó 18.6 puntos porcentuales y prometió que la estrategia continuará. Todo espléndido, hasta que en la rueda de prensa soltó la verdad detrás de la utilería: tuvo que recurrir al gobierno federal y a las cámaras empresariales para conseguir recursos, porque —según él— «la falta de presupuesto no debe ser excusa». Y tiene razón: no es excusa, es método. El municipio que le pide prestado a todos los pisos del edificio para pintar su propia fachada y luego cobra el aplauso por la pintura.
En Salinas Victoria, el quinto informe vino con una cifra digna de otra latitud: aprobación ciudadana «superior al 90 por ciento». Noventa. En una democracia adulta eso amerita un recuento; aquí amerita pastel. Se habló de nearshoring, de inversión extranjera y de un municipio consolidado, y uno casi olvida que el resto del estado también existe.
Pero el verdadero monumento de la semana lo erigió Escobedo. El encargado de la alcaldía contó que buscó al gobernador para hablar del presupuesto 2027 y obtuvo la respuesta más regia de todas: nada. «El gobernador no me ha contestado», dijo. Y no es cualquier desaire: Samuel García fue quien convocó a los 51 alcaldes a dialogar, quien los invitó a hablarle en persona, quien montó el gran llamado a la unidad presupuestal. Organizó la fiesta, mandó las invitaciones y dejó a medio Escobedo esperando en el chat. La política neoleonesa reducida a su forma más pura: una doble palomita que nunca se pone en azul.
Así que aquí estamos, entre alcaldes que administraron el edén con dinero ajeno, aprobaciones de 90 por ciento que nadie audita y un gobernador que convoca al diálogo y luego apaga los datos. Cada vez mejor, insisten todos. Solo falta que alguien conteste el teléfono para confirmarlo.