El INE encontró su color: el de la resignación
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La Junta General Ejecutiva del Instituto Nacional Electoral aprobó cambiar, otra vez, su imagen institucional para adoptar el gris, dejando atrás el 'rosa cívico', el lila y el violeta. Y no fue un capricho lento: lo decidieron en menos de quince días después de la primera modificación. O sea, el INE cambió de identidad, lo pensó mejor, se arrepintió, y volvió a cambiar, todo en el lapso que a cualquier mortal le lleva elegir el color de la pared del baño y todavía dudar entre 'hueso' y 'marfil'.
Hay que ubicar la hazaña. Estamos hablando de una institución que organiza elecciones para millones de personas, que administra padrones, credenciales y madrugadas de conteo, y que esta semana dedicó su energía creativa a mudar de tono cromático como quien se prueba filtros en el celular. Del rosa cívico —ese intento de parecer moderno y cercano— al gris administrativo, que es el color con el que el universo te avisa que la ilusión terminó y empieza el trámite.
Hay una honestidad brutal en el gris, eso sí. Ningún tono describe mejor el ánimo ciudadano frente a la política mexicana: ni entusiasmo ni furia, solo esa neutralidad de sala de espera donde uno ya no sabe si va a votar o a sacar una ficha. El INE, sin querer, hizo antropología: se pintó por dentro como nos sentimos por fuera.
Lo que nadie ha explicado con claridad es cuánto cuesta reimprimir manuales, lonas, papelería y señalética cada vez que a alguien se le ocurre que el violeta ya fatigó. Porque una cosa es cambiar el fondo de pantalla y otra muy distinta es repintar una burocracia federal entera dos veces en quince días. El propio Órgano Interno de Control observó, entre otras cosas, lo apretado del plazo con el que se presentó el cambio. Cuando hasta tu contralor levanta la ceja, quizá el asunto no era tan urgente.
Que quede el consuelo institucional: si algo caracteriza al gris es que combina con todo. Con la alerta verde ante un huracán categoría 5, con los proyectos de transporte que solo existen en conferencia de prensa, con las carpetas transparentes de resultados opacos. El INE por fin encontró su paleta, y resulta que era la misma con la que ya estaba pintado el país entero. Solo faltaba oficializarlo en sesión.
Hay que ubicar la hazaña. Estamos hablando de una institución que organiza elecciones para millones de personas, que administra padrones, credenciales y madrugadas de conteo, y que esta semana dedicó su energía creativa a mudar de tono cromático como quien se prueba filtros en el celular. Del rosa cívico —ese intento de parecer moderno y cercano— al gris administrativo, que es el color con el que el universo te avisa que la ilusión terminó y empieza el trámite.
Hay una honestidad brutal en el gris, eso sí. Ningún tono describe mejor el ánimo ciudadano frente a la política mexicana: ni entusiasmo ni furia, solo esa neutralidad de sala de espera donde uno ya no sabe si va a votar o a sacar una ficha. El INE, sin querer, hizo antropología: se pintó por dentro como nos sentimos por fuera.
Lo que nadie ha explicado con claridad es cuánto cuesta reimprimir manuales, lonas, papelería y señalética cada vez que a alguien se le ocurre que el violeta ya fatigó. Porque una cosa es cambiar el fondo de pantalla y otra muy distinta es repintar una burocracia federal entera dos veces en quince días. El propio Órgano Interno de Control observó, entre otras cosas, lo apretado del plazo con el que se presentó el cambio. Cuando hasta tu contralor levanta la ceja, quizá el asunto no era tan urgente.
Que quede el consuelo institucional: si algo caracteriza al gris es que combina con todo. Con la alerta verde ante un huracán categoría 5, con los proyectos de transporte que solo existen en conferencia de prensa, con las carpetas transparentes de resultados opacos. El INE por fin encontró su paleta, y resulta que era la misma con la que ya estaba pintado el país entero. Solo faltaba oficializarlo en sesión.