El cablebús de Tlaquepaque: colgado de un hilo (de saliva)
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El propio secretario de Transporte lo dijo sin anestesia: le preocupa que el cablebús de Tlaquepaque sea 'un proyecto de saliva'. Y como diagnóstico, es de manual: en dos años el gobierno municipal no ha presentado ni un solo documento sobre la obra. Dos años. En ese mismo lapso una persona termina una carrera técnica, otra construye una casa, y aquí apenas llevamos el sustantivo y el entusiasmo.
La alcaldesa, por su parte, aportó el matiz que solo la política mexicana sabe ofrecer: el proyecto sí tiene registro, pero todavía no hay recursos asegurados, y su realización dependerá del formato que finalmente se determine y de los estudios que aún deben desarrollarse. Traducido del burocratés al cristiano: existe el trámite, no la obra; hay carpeta, no cables; tenemos el nombre grabado en piedra y el presupuesto grabado en el aire.
Hay que apreciar la elegancia del asunto. Un cablebús es, por definición, un transporte que va colgado. Qué apropiado, entonces, que este empiece su vida institucional colgado de una promesa, sostenido por ese material tan noble y tan tapatío que es la saliva. Mientras no aparezcan estudios, formato ni dinero, lo único que sube y baja con regularidad son las expectativas de los vecinos cada vez que alguien menciona la palabra 'movilidad' en un evento con moño.
El problema no es soñar en grande; es confundir la conferencia de prensa con la ingeniería. Un teleférico urbano necesita estudios de demanda, trazo, factibilidad, y —detalle no menor— presupuesto. Anunciarlo sin nada de eso es como colgar la hamaca antes de plantar los árboles: se ve muy relajado hasta que uno se recuesta.
Mientras tanto, quienes se mueven todos los días por Tlaquepaque seguirán haciéndolo como siempre: en el transporte que sí existe, ese que no necesita ruedas de prensa porque ya carga a la gente aunque nadie le corte el listón. El cablebús, en cambio, permanece suspendido en ese limbo tan mexicano donde los proyectos ni avanzan ni mueren: solo flotan, esperando que alguien, algún día, abra el cajón del presupuesto y compruebe si de veras había algo adentro o solo el eco de un anuncio.
La alcaldesa, por su parte, aportó el matiz que solo la política mexicana sabe ofrecer: el proyecto sí tiene registro, pero todavía no hay recursos asegurados, y su realización dependerá del formato que finalmente se determine y de los estudios que aún deben desarrollarse. Traducido del burocratés al cristiano: existe el trámite, no la obra; hay carpeta, no cables; tenemos el nombre grabado en piedra y el presupuesto grabado en el aire.
Hay que apreciar la elegancia del asunto. Un cablebús es, por definición, un transporte que va colgado. Qué apropiado, entonces, que este empiece su vida institucional colgado de una promesa, sostenido por ese material tan noble y tan tapatío que es la saliva. Mientras no aparezcan estudios, formato ni dinero, lo único que sube y baja con regularidad son las expectativas de los vecinos cada vez que alguien menciona la palabra 'movilidad' en un evento con moño.
El problema no es soñar en grande; es confundir la conferencia de prensa con la ingeniería. Un teleférico urbano necesita estudios de demanda, trazo, factibilidad, y —detalle no menor— presupuesto. Anunciarlo sin nada de eso es como colgar la hamaca antes de plantar los árboles: se ve muy relajado hasta que uno se recuesta.
Mientras tanto, quienes se mueven todos los días por Tlaquepaque seguirán haciéndolo como siempre: en el transporte que sí existe, ese que no necesita ruedas de prensa porque ya carga a la gente aunque nadie le corte el listón. El cablebús, en cambio, permanece suspendido en ese limbo tan mexicano donde los proyectos ni avanzan ni mueren: solo flotan, esperando que alguien, algún día, abra el cajón del presupuesto y compruebe si de veras había algo adentro o solo el eco de un anuncio.