La República del Ensayo y Error: el día en que todo cambió de color menos el desmadre
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Amaneció otro jueves en la República del Ensayo y Error, ese país donde las instituciones cambian de opinión con la misma frecuencia con que uno cambia de calcetines, salvo que aquí sale muchísimo más caro.
El protagonista indiscutible del día fue el INE, que descubrió que administrar la democracia es, ante todo, un problema de paletas de Pantone. Apenas quince días después de haberse pintado de lila —color que, según sus críticos, se parecía demasiado al de cierto partido recién estrenado—, la Junta General Ejecutiva sesionó de emergencia para decretar que ahora será gris Oxford, gris a secas y beige. Tres colores en menos de un mes, porque antes del lila ya habían huido del rosa. A este ritmo, para 2027 el instituto habrá recorrido el catálogo completo de una tlapalería de barrio. El Órgano Interno de Control, aguafiestas de siempre, apuntó el detalle incómodo: nadie calculó cuánto cuesta repintar oficios, logos, gafetes y chalecos de media república. "La aplicación será gradual", prometieron, que en idioma burocrático significa "carísima, pero en cómodos plazos".
Mientras el árbitro elegía cortinas, el peso decidió que también quería reflectores. El superpeso, aquel héroe del que presumíamos como si fuera invento patrio, se esfumó: el dólar tocó 18.58 en ventanilla y alcanzó su peor nivel desde abril. Banxico, fiel a su vocación de esfinge, mantuvo la tasa sin mover un músculo. Y por si el tipo de cambio no bastara, la inflación se trepó a 3.42% anual con lo que los técnicos, poéticos ellos, bautizaron el "efecto pico de gallo": jitomate, cebolla y limón subieron justo cuando uno ya no puede pagar ni la salsa para llorar. Súmenle gas LP y colegiaturas, y tenemos el combo perfecto para que la quincena rinda lo que rinde un vaso de agua en el desierto.
Hablando de agua: en Querétaro, la Secretaría de Desarrollo Sustentable confesó que un data center mediano consume tanto líquido como un hotel de 300 habitaciones, un hospital de 100 camas o un edificio de mil empleados. El dato tendría poca gracia si no fuera porque, días antes, el gobernador había asegurado que esas granjas de servidores gastaban lo mismo que fabricar "dos pantalones de mezclilla". Dos. Uno se pregunta de qué talla serán esos pantalones, porque a ese nivel de hidratación caben adentro la mitad de los queretanos. Nunca una prenda de vestir había cargado con semejante responsabilidad hídrica.
En el terreno de la privacidad —concepto que en México se estudia como mitología comparada— la Secretaría Anticorrupción abrió investigación por la venta en Telegram de 12.9 millones de registros con nombres, domicilios, RFC, teléfonos y hasta datos bancarios. Es decir: sus datos ya andan de gira internacional mientras usted apenas junta para el pasaje. Lo tranquilizador es que se investiga "de oficio", esa fórmula que suele terminar en un archivo tan bien resguardado como, precisamente, los 12.9 millones de registros.
La diplomacia tampoco quiso quedarse fuera del festival. El titular del Sistema Público de Radiodifusión celebró la visita del presidente de Corea… del Sur, aunque en su mensaje escribió "del Norte". Un pequeño desliz geopolítico, apenas un régimen totalitario de diferencia. Uno entiende: entre tanto balcón, corazoncito coreano y foto oficial, cualquiera confunde la península. Lo delicado sería que tuviera en las manos el control remoto de la radiodifusión nacional. Ah, verdad.
En la capital, la jefa de Gobierno frenó el sueño castrense de plantar un Museo del Ejército en el Bosque de Chapultepec, recordando que se trata de un Área de Valor Ambiental donde, técnicamente, no se puede construir ni una jardinera. La Sedena tendrá que buscar otro predio para exhibir su historia; sugerimos, humildemente, cualquiera de los baldíos que no sean el último pulmón de la ciudad.
Y para cerrar con broche internacional, en Washington un mandatario interrumpió su propia reunión con el líder de China para invitar a los presentes a cruzar una cortina y admirar su nuevo salón de baile. Porque cuando se discute el futuro de la inteligencia artificial y la paz mundial, lo verdaderamente urgente es que aprecien el candelabro.
En resumen: cambiamos de color, perdimos el peso, regalamos los datos, confundimos las Coreas y salvamos —por hoy— un bosque. No está nada mal para un jueves. Mañana, con suerte, el INE ya escogió otro tono.
El protagonista indiscutible del día fue el INE, que descubrió que administrar la democracia es, ante todo, un problema de paletas de Pantone. Apenas quince días después de haberse pintado de lila —color que, según sus críticos, se parecía demasiado al de cierto partido recién estrenado—, la Junta General Ejecutiva sesionó de emergencia para decretar que ahora será gris Oxford, gris a secas y beige. Tres colores en menos de un mes, porque antes del lila ya habían huido del rosa. A este ritmo, para 2027 el instituto habrá recorrido el catálogo completo de una tlapalería de barrio. El Órgano Interno de Control, aguafiestas de siempre, apuntó el detalle incómodo: nadie calculó cuánto cuesta repintar oficios, logos, gafetes y chalecos de media república. "La aplicación será gradual", prometieron, que en idioma burocrático significa "carísima, pero en cómodos plazos".
Mientras el árbitro elegía cortinas, el peso decidió que también quería reflectores. El superpeso, aquel héroe del que presumíamos como si fuera invento patrio, se esfumó: el dólar tocó 18.58 en ventanilla y alcanzó su peor nivel desde abril. Banxico, fiel a su vocación de esfinge, mantuvo la tasa sin mover un músculo. Y por si el tipo de cambio no bastara, la inflación se trepó a 3.42% anual con lo que los técnicos, poéticos ellos, bautizaron el "efecto pico de gallo": jitomate, cebolla y limón subieron justo cuando uno ya no puede pagar ni la salsa para llorar. Súmenle gas LP y colegiaturas, y tenemos el combo perfecto para que la quincena rinda lo que rinde un vaso de agua en el desierto.
Hablando de agua: en Querétaro, la Secretaría de Desarrollo Sustentable confesó que un data center mediano consume tanto líquido como un hotel de 300 habitaciones, un hospital de 100 camas o un edificio de mil empleados. El dato tendría poca gracia si no fuera porque, días antes, el gobernador había asegurado que esas granjas de servidores gastaban lo mismo que fabricar "dos pantalones de mezclilla". Dos. Uno se pregunta de qué talla serán esos pantalones, porque a ese nivel de hidratación caben adentro la mitad de los queretanos. Nunca una prenda de vestir había cargado con semejante responsabilidad hídrica.
En el terreno de la privacidad —concepto que en México se estudia como mitología comparada— la Secretaría Anticorrupción abrió investigación por la venta en Telegram de 12.9 millones de registros con nombres, domicilios, RFC, teléfonos y hasta datos bancarios. Es decir: sus datos ya andan de gira internacional mientras usted apenas junta para el pasaje. Lo tranquilizador es que se investiga "de oficio", esa fórmula que suele terminar en un archivo tan bien resguardado como, precisamente, los 12.9 millones de registros.
La diplomacia tampoco quiso quedarse fuera del festival. El titular del Sistema Público de Radiodifusión celebró la visita del presidente de Corea… del Sur, aunque en su mensaje escribió "del Norte". Un pequeño desliz geopolítico, apenas un régimen totalitario de diferencia. Uno entiende: entre tanto balcón, corazoncito coreano y foto oficial, cualquiera confunde la península. Lo delicado sería que tuviera en las manos el control remoto de la radiodifusión nacional. Ah, verdad.
En la capital, la jefa de Gobierno frenó el sueño castrense de plantar un Museo del Ejército en el Bosque de Chapultepec, recordando que se trata de un Área de Valor Ambiental donde, técnicamente, no se puede construir ni una jardinera. La Sedena tendrá que buscar otro predio para exhibir su historia; sugerimos, humildemente, cualquiera de los baldíos que no sean el último pulmón de la ciudad.
Y para cerrar con broche internacional, en Washington un mandatario interrumpió su propia reunión con el líder de China para invitar a los presentes a cruzar una cortina y admirar su nuevo salón de baile. Porque cuando se discute el futuro de la inteligencia artificial y la paz mundial, lo verdaderamente urgente es que aprecien el candelabro.
En resumen: cambiamos de color, perdimos el peso, regalamos los datos, confundimos las Coreas y salvamos —por hoy— un bosque. No está nada mal para un jueves. Mañana, con suerte, el INE ya escogió otro tono.