Alfonso Martínez y el fino arte de no ir a la fiesta a la que no lo invitaron
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Pocas cosas revelan tanto el corazón de un político como la manera en que explica una ausencia. Y el alcalde de Morelia, Alfonso Martínez, entregó una obra maestra del género. Preguntado por qué no asistió a la presentación del informe de la presidenta Claudia Sheinbaum en el Pabellón Don Vasco, respondió con la dignidad herida de quien fue borrado del grupo de la posada: 'No voy a ir porque no fui invitado'.
Es, hay que decirlo, la excusa más honesta y más berrinchuda del calendario cívico. No dijo 'tenía agenda', no dijo 'asuntos del municipio', no inventó una gira por las luminarias del Centro. Fue directo al grano emocional: no me hablaron. Cualquiera que haya visto pasar de largo la invitación a un bautizo entiende perfectamente el nivel de tragedia.
Pero el edil no se quedó ahí. Aprovechó para precisar que, en toda su vida política, los únicos que lo han excluido de este tipo de eventos son los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum. Es decir, no es descuido: es, sugiere él, una veda con dedicatoria. Un desaire sostenido, con constancia digna de mejor causa. Uno casi lo imagina llevando la bitácora: 'evento al que otra vez no me invitaron, día tal'.
Lo delicioso del asunto es la coreografía. En un mismo día, el gobernador jura amor eterno con un 'No estás sola', afuera protestan ambientalistas, campesinos y maestros, la banda de guerra nicolaita toca, y el presidente municipal de la capital del estado observa todo desde su casa, con los brazos cruzados, esperando un cartoncito que nunca llegó. La política michoacana como fiesta de quince: importa tanto quién baila el vals como quién se quedó sin invitación en la puerta.
Que quede claro: está en su pleno derecho de no ir a donde no lo llaman, faltaba más. Nadie debería mendigar entrada a un acto de otro nivel de gobierno. Pero convertir la ausencia en comunicado, y el comunicado en agravio histórico, es un deporte de alto rendimiento. Alfonso Martínez no fue al informe, pero se aseguró de que todos supiéramos, con lujo de detalle, que no lo invitaron. Al final, logró exactamente lo que quería: estar en la nota sin haber estado en el evento. Eso, señores, también es hacer política.
Es, hay que decirlo, la excusa más honesta y más berrinchuda del calendario cívico. No dijo 'tenía agenda', no dijo 'asuntos del municipio', no inventó una gira por las luminarias del Centro. Fue directo al grano emocional: no me hablaron. Cualquiera que haya visto pasar de largo la invitación a un bautizo entiende perfectamente el nivel de tragedia.
Pero el edil no se quedó ahí. Aprovechó para precisar que, en toda su vida política, los únicos que lo han excluido de este tipo de eventos son los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum. Es decir, no es descuido: es, sugiere él, una veda con dedicatoria. Un desaire sostenido, con constancia digna de mejor causa. Uno casi lo imagina llevando la bitácora: 'evento al que otra vez no me invitaron, día tal'.
Lo delicioso del asunto es la coreografía. En un mismo día, el gobernador jura amor eterno con un 'No estás sola', afuera protestan ambientalistas, campesinos y maestros, la banda de guerra nicolaita toca, y el presidente municipal de la capital del estado observa todo desde su casa, con los brazos cruzados, esperando un cartoncito que nunca llegó. La política michoacana como fiesta de quince: importa tanto quién baila el vals como quién se quedó sin invitación en la puerta.
Que quede claro: está en su pleno derecho de no ir a donde no lo llaman, faltaba más. Nadie debería mendigar entrada a un acto de otro nivel de gobierno. Pero convertir la ausencia en comunicado, y el comunicado en agravio histórico, es un deporte de alto rendimiento. Alfonso Martínez no fue al informe, pero se aseguró de que todos supiéramos, con lujo de detalle, que no lo invitaron. Al final, logró exactamente lo que quería: estar en la nota sin haber estado en el evento. Eso, señores, también es hacer política.