El instituto que se aplaude solito
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Hay géneros periodísticos y luego está el boletín con esmoquin. Esta semana circuló por ahí una pieza sobre el IDEFT —el Instituto de Formación para el Trabajo del Estado de Jalisco— redactada con tanta devoción que uno no sabe si leerla o persignarse. Según el texto, el instituto revoluciona la enseñanza, rompe definitivamente el esquema educativo tradicional y logra que cada curso tenga un impacto real, medible y directo. Medible, dice. Curioso, porque la única cantidad que uno alcanza a medir en el escrito es la de adjetivos por renglón.
La gran innovación, resulta, es que los instructores se trasladan a las empresas y comunidades en vez de esperar a que la gente llegue al plantel. Es decir: ir a donde está la gente. Un concepto tan futurista que ya lo practicaban el afilador de cuchillos, el merenguero y el señor de los tamales, que llevan un siglo revolucionando la logística sin que nadie les redacte una loa. Pero cuando lo hace una dependencia estatal se llama disrupción, y viene con crédito al director y al gobernador en el mismo párrafo, no vaya a ser que el lector olvide a quién agradecer el milagro.
Que conste: capacitar a jaliscienses para que consigan chamba es de lo más noble que puede hacer un gobierno. El problema no es el programa, es el tono. Cuando una institución pública se describe a sí misma con la modestia de un tráiler de superhéroes, deja de informar y empieza a venderse. Y uno, malpensado profesional, se pregunta: si el resultado es tan medible, ¿por qué el texto no midió ni un solo número? ¿Cuántos egresados, cuántos empleos, cuántos salarios? Nada. Puro superlativo al vapor.
Ojalá el próximo boletín traiga cifras en lugar de incienso. Mientras tanto, el IDEFT ya se ganó, sin discusión, el primer lugar estatal en la disciplina más competida del sector público: aplaudirse a sí mismo con las dos manos y todavía sobrar dedos para amarrar el moño.
La gran innovación, resulta, es que los instructores se trasladan a las empresas y comunidades en vez de esperar a que la gente llegue al plantel. Es decir: ir a donde está la gente. Un concepto tan futurista que ya lo practicaban el afilador de cuchillos, el merenguero y el señor de los tamales, que llevan un siglo revolucionando la logística sin que nadie les redacte una loa. Pero cuando lo hace una dependencia estatal se llama disrupción, y viene con crédito al director y al gobernador en el mismo párrafo, no vaya a ser que el lector olvide a quién agradecer el milagro.
Que conste: capacitar a jaliscienses para que consigan chamba es de lo más noble que puede hacer un gobierno. El problema no es el programa, es el tono. Cuando una institución pública se describe a sí misma con la modestia de un tráiler de superhéroes, deja de informar y empieza a venderse. Y uno, malpensado profesional, se pregunta: si el resultado es tan medible, ¿por qué el texto no midió ni un solo número? ¿Cuántos egresados, cuántos empleos, cuántos salarios? Nada. Puro superlativo al vapor.
Ojalá el próximo boletín traiga cifras en lugar de incienso. Mientras tanto, el IDEFT ya se ganó, sin discusión, el primer lugar estatal en la disciplina más competida del sector público: aplaudirse a sí mismo con las dos manos y todavía sobrar dedos para amarrar el moño.