La rectora que fue al informe de Guerrero porque al de casa no la invitaron
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Existe una soledad universal, transversal a todas las clases sociales, que no distingue cargo ni currículum: la de quedarse fuera de la fiesta del vecino. La rectora de la Universidad Michoacana, Yarabí Ávila, la experimentó esta semana en su versión institucional.
Según se informó, la rectora acudió al informe de la presidenta Claudia Sheinbaum celebrado en Guerrero, y de paso aclaró un detalle que dice mucho más que el propio viaje: que a ella no la invitaron al acto realizado en Morelia. Es decir, tuvo que cruzar fronteras estatales para asistir a un evento presidencial porque el que se hizo en su propia ciudad, a la vuelta de la esquina, la dejó en la lista de no invitados.
Hay que reconocer la determinación. Otros, ante el desaire, se habrían quedado en casa rumiando el agravio con un café. La rectora, en cambio, optó por la ruta larga: si en Morelia no hay lugar en la mesa, se busca uno en Guerrero. Es la versión académica de colarse a la boda del pueblo de junto porque en el propio no repartieron invitación.
El contexto, claro, le pone sabor al asunto. Semanas atrás la propia rectora había adelantado que intentaría acercarse a la presidenta para exponerle la situación financiera de la casa de estudios y los juicios políticos en su contra. Y uno entiende entonces que el viaje a Guerrero no fue turismo: fue una audiencia perseguida a campo traviesa, la de quien lleva la charola de los problemas buscando a alguien dispuesto a recibirla.
Queda flotando la pregunta incómoda, esa que ningún boletín aclara: por qué la máxima autoridad de la universidad pública del estado necesita salir del estado para toparse con la agenda presidencial. Si la invitación al informe local es un termómetro político —y en México lo es—, la lectura no requiere doctorado. La rectora, con méritos o sin ellos, aprendió la lección más antigua de la política mexicana: a veces el mensaje más ruidoso no está en lo que te dicen, sino en la silla que nadie apartó para ti.
Según se informó, la rectora acudió al informe de la presidenta Claudia Sheinbaum celebrado en Guerrero, y de paso aclaró un detalle que dice mucho más que el propio viaje: que a ella no la invitaron al acto realizado en Morelia. Es decir, tuvo que cruzar fronteras estatales para asistir a un evento presidencial porque el que se hizo en su propia ciudad, a la vuelta de la esquina, la dejó en la lista de no invitados.
Hay que reconocer la determinación. Otros, ante el desaire, se habrían quedado en casa rumiando el agravio con un café. La rectora, en cambio, optó por la ruta larga: si en Morelia no hay lugar en la mesa, se busca uno en Guerrero. Es la versión académica de colarse a la boda del pueblo de junto porque en el propio no repartieron invitación.
El contexto, claro, le pone sabor al asunto. Semanas atrás la propia rectora había adelantado que intentaría acercarse a la presidenta para exponerle la situación financiera de la casa de estudios y los juicios políticos en su contra. Y uno entiende entonces que el viaje a Guerrero no fue turismo: fue una audiencia perseguida a campo traviesa, la de quien lleva la charola de los problemas buscando a alguien dispuesto a recibirla.
Queda flotando la pregunta incómoda, esa que ningún boletín aclara: por qué la máxima autoridad de la universidad pública del estado necesita salir del estado para toparse con la agenda presidencial. Si la invitación al informe local es un termómetro político —y en México lo es—, la lectura no requiere doctorado. La rectora, con méritos o sin ellos, aprendió la lección más antigua de la política mexicana: a veces el mensaje más ruidoso no está en lo que te dicen, sino en la silla que nadie apartó para ti.