La dependencia que ordena el paseo de los perros no puede entrar a su propia página
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Hay fracasos y hay poesía burocrática. Lo de la Agencia de Atención Animal de la Ciudad de México pertenece a la segunda categoría. A más de dos años de que se aprobó la regulación para paseadores de perros profesionales, la capital cuenta con la asombrosa cifra de 53 certificados. Cincuenta y tres. En una ciudad donde a las siete de la mañana salen más perros a la calle que diputados a una comisión.
Lo mejor no es el número, sino el motivo. La agencia no ha publicado el padrón ni entregado las credenciales de quienes ya aprobaron la capacitación porque —según explicó— no tiene acceso a su propia página web. Deténgase el lector a saborearlo. La institución encargada de poner orden en el paseo canino se quedó fuera de su propio portal, como quien pierde las llaves de su casa mientras imparte un curso de cerrajería.
Uno imagina la escena: un funcionario frente a la pantalla, tecleando la contraseña por décima vez, mientras afuera cincuenta paseadores con correa en mano esperan un papel que existe pero no se puede imprimir. Prometen resolver el próximo mes, esa provincia difusa del tiempo oficial donde también viven el bache de Doctores y la segunda línea de todos los sueños guajiros.
Que quede claro: el problema no es que la gente incumpla. La gente hizo la tarea, tomó el curso, aprobó. Es la autoridad la que no puede darle el diploma porque extravió el acceso a su propio sistema. Es la metáfora perfecta de cierta forma de gobernar: reglas larguísimas, requisitos infinitos, capacitaciones, exámenes… y al final, un 'no puedo entrar a la página' que echa por tierra el trámite entero.
Mientras tanto, los perros de la ciudad siguen paseando exactamente igual que antes de la regulación: felices, ajenos al papeleo, marcando las mismas jardineras sin certificación alguna. Son, quizá, los únicos ciudadanos que entendieron a tiempo que en esta capital lo mejor es no depender del sistema. Ellos ya lo sabían. Nosotros seguimos esperando la credencial.
Lo mejor no es el número, sino el motivo. La agencia no ha publicado el padrón ni entregado las credenciales de quienes ya aprobaron la capacitación porque —según explicó— no tiene acceso a su propia página web. Deténgase el lector a saborearlo. La institución encargada de poner orden en el paseo canino se quedó fuera de su propio portal, como quien pierde las llaves de su casa mientras imparte un curso de cerrajería.
Uno imagina la escena: un funcionario frente a la pantalla, tecleando la contraseña por décima vez, mientras afuera cincuenta paseadores con correa en mano esperan un papel que existe pero no se puede imprimir. Prometen resolver el próximo mes, esa provincia difusa del tiempo oficial donde también viven el bache de Doctores y la segunda línea de todos los sueños guajiros.
Que quede claro: el problema no es que la gente incumpla. La gente hizo la tarea, tomó el curso, aprobó. Es la autoridad la que no puede darle el diploma porque extravió el acceso a su propio sistema. Es la metáfora perfecta de cierta forma de gobernar: reglas larguísimas, requisitos infinitos, capacitaciones, exámenes… y al final, un 'no puedo entrar a la página' que echa por tierra el trámite entero.
Mientras tanto, los perros de la ciudad siguen paseando exactamente igual que antes de la regulación: felices, ajenos al papeleo, marcando las mismas jardineras sin certificación alguna. Son, quizá, los únicos ciudadanos que entendieron a tiempo que en esta capital lo mejor es no depender del sistema. Ellos ya lo sabían. Nosotros seguimos esperando la credencial.