El oso que descubrió que en San Pedro hasta los tamales son de importación
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Hay currículums y hay currículums. El de este fin de semana lo escribió un oso negro que, durante la madrugada, ingresó a una residencia de la colonia Olinalá, en San Pedro Garza García, se dirigió a la cocina, abrió el refrigerador y se comió unos tamales antes de retirarse por su propia cuenta. No rompió ventanas, no dejó rastro de violencia, no pidió factura: entró como socio del club y salió como reseñista gastronómico. Daños menores, según el reporte. La autoestima de los vecinos, por los suelos: los superó en modales un plantígrado.
Lo verdaderamente sampetrino del asunto no es el oso —que ya es visitante habitual de la zona por su cercanía con la sierra—, sino la respuesta humana. Ante la frecuente presencia de estos animales, alguien tuvo la ocurrencia de poner a la venta 'trampas antiosos' fabricadas con tablas de madera y clavos, y el anuncio se volvió viral entre los vecinos. Porque cuando la naturaleza toca a tu puerta, la primera reacción de cierto sector es la ingeniería doméstica más cruel disponible en la ferretería de la esquina.
Las autoridades ambientales tuvieron que salir a recordar lo obvio: esos métodos están prohibidos porque ponen en peligro la vida de la fauna silvestre. Traducción: el oso llegó primero, la sierra es suya, y la casa con alberca es la que se construyó en su comedor. Pero explíquele usted eso a quien acaba de perder una charola de tamales.
Queda, además, una lección de convivencia que ninguna campaña oficial ha logrado meter en la cabeza: si vives pegado al cerro, el cerro va a venir a cenar. Guardar la basura, cerrar bien la cocina y no dejar el refri como bufé abierto es más barato y más legal que una tabla con clavos. El oso, en cambio, ya entendió perfectamente el sistema: identificó el punto más rico del área metropolitana y ahí puso su restaurante favorito, con reservación abierta y sin cuenta que pagar.
Por lo pronto, San Pedro suma un nuevo residente informal con paladar fino y sin necesidad de aval. Y nosotros, una certeza: en Nuevo León, hasta la fauna silvestre sabe en qué código postal se come mejor.
Lo verdaderamente sampetrino del asunto no es el oso —que ya es visitante habitual de la zona por su cercanía con la sierra—, sino la respuesta humana. Ante la frecuente presencia de estos animales, alguien tuvo la ocurrencia de poner a la venta 'trampas antiosos' fabricadas con tablas de madera y clavos, y el anuncio se volvió viral entre los vecinos. Porque cuando la naturaleza toca a tu puerta, la primera reacción de cierto sector es la ingeniería doméstica más cruel disponible en la ferretería de la esquina.
Las autoridades ambientales tuvieron que salir a recordar lo obvio: esos métodos están prohibidos porque ponen en peligro la vida de la fauna silvestre. Traducción: el oso llegó primero, la sierra es suya, y la casa con alberca es la que se construyó en su comedor. Pero explíquele usted eso a quien acaba de perder una charola de tamales.
Queda, además, una lección de convivencia que ninguna campaña oficial ha logrado meter en la cabeza: si vives pegado al cerro, el cerro va a venir a cenar. Guardar la basura, cerrar bien la cocina y no dejar el refri como bufé abierto es más barato y más legal que una tabla con clavos. El oso, en cambio, ya entendió perfectamente el sistema: identificó el punto más rico del área metropolitana y ahí puso su restaurante favorito, con reservación abierta y sin cuenta que pagar.
Por lo pronto, San Pedro suma un nuevo residente informal con paladar fino y sin necesidad de aval. Y nosotros, una certeza: en Nuevo León, hasta la fauna silvestre sabe en qué código postal se come mejor.