La cubeta: patrimonio inmaterial de Guadalajara
Tamaño de letra
Hay tradiciones que ni los operativos matan. Mientras la UNESCO se decide, Guadalajara ya tiene su patrimonio inmaterial más sólido: la cubeta que aparta lugar en la vía pública. Los números lo confirman como fenómeno cultural: ciento diecisiete operativos, ciento ochenta actas de infracción y casi dos mil apartadores detenidos, entre ellos trece afuerita del Estadio Jalisco durante el concierto de Julión Álvarez. Y aun así, la práctica sigue viva, coleando y cobrando cincuenta pesos por estacionarse en un espacio que, hasta donde marca la ley, es de todos.
El modelo de negocio es admirable en su sencillez: consíguete un pedazo de calle que no es tuyo, colócale un bote, una silla rota o una estructura metálica, y cóbrale al prójimo por el derecho de dejar ahí su coche. Es la economía informal en su forma más pura: sin IVA, sin recibo y sin más infraestructura que el descaro. Emprendedores los hay en todas partes; en Jalisco, además, con horario extendido.
Y como el calendario no perdona, se acerca la temporada alta. A una semana de que arranque la edición 61 de las Fiestas de Octubre, alrededor del Auditorio Jalisco ya brotaron cubetas, botes y estructuras metálicas marcando territorio, con tarifas que, avisan, pueden trepar hasta los trescientos pesos. El visitante que va ilusionado descubrirá que la primera atracción, antes del palenque y del Teatro del Pueblo, es el peaje ciudadano de la banqueta. Cobran congestionamiento, cobran caos vial y cobran falta de vigilancia, todo incluido en el paquete.
La ironía fina: mientras el Ayuntamiento presume que al Foro Principal se puede entrar gratis, llegar hasta la puerta puede costar más que muchos de los boletos. Gratis el concierto, carísimo el estacionamiento; así funciona la aritmética tapatía, donde lo público se privatiza a golpe de cubeta y lo gratuito se cobra en la esquina.
No es que falten operativos —ahí están los ciento diecisiete, contados y presumidos—; es que la cubeta es más rápida que el acta. En cuanto el inspector se va, el bote regresa, como el socavón, como el apartador, como todo lo que en esta ciudad se da por resuelto en el boletín pero no en la calle. Bienvenidos a las Fiestas de Octubre: traiga su cartera, su paciencia y, si de veras quiere participar de la tradición, su propia cubeta.
El modelo de negocio es admirable en su sencillez: consíguete un pedazo de calle que no es tuyo, colócale un bote, una silla rota o una estructura metálica, y cóbrale al prójimo por el derecho de dejar ahí su coche. Es la economía informal en su forma más pura: sin IVA, sin recibo y sin más infraestructura que el descaro. Emprendedores los hay en todas partes; en Jalisco, además, con horario extendido.
Y como el calendario no perdona, se acerca la temporada alta. A una semana de que arranque la edición 61 de las Fiestas de Octubre, alrededor del Auditorio Jalisco ya brotaron cubetas, botes y estructuras metálicas marcando territorio, con tarifas que, avisan, pueden trepar hasta los trescientos pesos. El visitante que va ilusionado descubrirá que la primera atracción, antes del palenque y del Teatro del Pueblo, es el peaje ciudadano de la banqueta. Cobran congestionamiento, cobran caos vial y cobran falta de vigilancia, todo incluido en el paquete.
La ironía fina: mientras el Ayuntamiento presume que al Foro Principal se puede entrar gratis, llegar hasta la puerta puede costar más que muchos de los boletos. Gratis el concierto, carísimo el estacionamiento; así funciona la aritmética tapatía, donde lo público se privatiza a golpe de cubeta y lo gratuito se cobra en la esquina.
No es que falten operativos —ahí están los ciento diecisiete, contados y presumidos—; es que la cubeta es más rápida que el acta. En cuanto el inspector se va, el bote regresa, como el socavón, como el apartador, como todo lo que en esta ciudad se da por resuelto en el boletín pero no en la calle. Bienvenidos a las Fiestas de Octubre: traiga su cartera, su paciencia y, si de veras quiere participar de la tradición, su propia cubeta.