El monstruo más temido de Irapuato traía escape libre
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Irapuato lo tenía todo para una gran noche de terror: treinta y ocho contingentes, monstruos, jinetes sin cabeza, botargas, vehículos decorados y cientos de familias listas para el arranque de la temporada de Día de Muertos. El Desfile de Monstruos y Botargas prometía sustos de utilería. Y cumplió… aunque no exactamente como estaba en el guion.
En algún punto del recorrido empezó a correr la versión de que había disparos. Se habló de detonaciones, de decenas de personas atendidas, de menores separados de sus familias. El pánico hizo su trabajo con eficiencia profesional. Luego llegó el parte oficial de la Secretaría de Seguridad Ciudadana Municipal a bajarle el volumen a la película: no hubo detonaciones ni personas lesionadas. Lo que hubo fueron tres personas a bordo de motocicletas cuyos motores y escapes "habrían generado confusión entre algunos de los asistentes".
Ahí está el villano, señoras y señores: no era el hombre del hacha ni el jinete decapitado. Era un mofle. Un escape mal afinado, un acelerón a destiempo, y la multitud reaccionó como si el guion original fuera cierto. En un desfile diseñado para asustar, el único susto real lo dio un cuatro tiempos.
Sería facilísimo reírse de la gente que corrió, pero seamos justos: nadie huye así de un ruido a menos que ya cargue el miedo puesto de antemano. Que un acelerón vacíe media calle no habla del oído fino de los irapuatenses; habla del año, del contexto, del reflejo aprendido. La botarga era de peluche, pero el sobresalto venía de casa. El desfile solo puso el escenario; el temor lo trajo cada quien en la bolsa, junto con el elote y el celular.
Lo bonito —porque también hubo algo bonito— es que la fiesta no se canceló. Aclarado el malentendido, el desfile siguió su curso, con sus monstruos, sus criaturas y sus jinetes sin cabeza recorriendo las calles como si nada. Guanajuato tiene esa terquedad festiva: se asusta, respira y vuelve a formarse para la foto. Media hora antes casi corre en estampida; media hora después ya está aplaudiendo a una botarga.
Queda, eso sí, una recomendación de servicio público para la próxima edición: a los tres señores de las motos, una afinada. No por el ruido —al fin es feria—, sino porque en esta temporada, en esta ciudad, en este ánimo colectivo, el sonido más aterrador ya no sale de la casa embrujada. Sale del escape.
En algún punto del recorrido empezó a correr la versión de que había disparos. Se habló de detonaciones, de decenas de personas atendidas, de menores separados de sus familias. El pánico hizo su trabajo con eficiencia profesional. Luego llegó el parte oficial de la Secretaría de Seguridad Ciudadana Municipal a bajarle el volumen a la película: no hubo detonaciones ni personas lesionadas. Lo que hubo fueron tres personas a bordo de motocicletas cuyos motores y escapes "habrían generado confusión entre algunos de los asistentes".
Ahí está el villano, señoras y señores: no era el hombre del hacha ni el jinete decapitado. Era un mofle. Un escape mal afinado, un acelerón a destiempo, y la multitud reaccionó como si el guion original fuera cierto. En un desfile diseñado para asustar, el único susto real lo dio un cuatro tiempos.
Sería facilísimo reírse de la gente que corrió, pero seamos justos: nadie huye así de un ruido a menos que ya cargue el miedo puesto de antemano. Que un acelerón vacíe media calle no habla del oído fino de los irapuatenses; habla del año, del contexto, del reflejo aprendido. La botarga era de peluche, pero el sobresalto venía de casa. El desfile solo puso el escenario; el temor lo trajo cada quien en la bolsa, junto con el elote y el celular.
Lo bonito —porque también hubo algo bonito— es que la fiesta no se canceló. Aclarado el malentendido, el desfile siguió su curso, con sus monstruos, sus criaturas y sus jinetes sin cabeza recorriendo las calles como si nada. Guanajuato tiene esa terquedad festiva: se asusta, respira y vuelve a formarse para la foto. Media hora antes casi corre en estampida; media hora después ya está aplaudiendo a una botarga.
Queda, eso sí, una recomendación de servicio público para la próxima edición: a los tres señores de las motos, una afinada. No por el ruido —al fin es feria—, sino porque en esta temporada, en esta ciudad, en este ánimo colectivo, el sonido más aterrador ya no sale de la casa embrujada. Sale del escape.