Confundir es humano; golpear esposado ya es especialidad
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Guanajuato capital, cuna de la Independencia, sumó al anecdotario una escena que ninguna guía turística incluye: policías municipales golpeando a seis jóvenes que resultaron ser estudiantes de la Universidad de Guanajuato. La palabra que lo explica todo, según circuló, es "confusión": los confundieron. Es un clásico del género. Nadie golpea por gusto; siempre es un malentendido, un caso de identidad equivocada, un tropiezo de la percepción.
El problema es que la confusión, para ser creíble, debería terminar en el instante en que se aclara. Y el video —el mismo que obligó a todos a reaccionar— muestra lo contrario: a uno de los muchachos lo siguen sometiendo cuando ya está esposado y arriba de la patrulla. Uno entiende que en el forcejeo inicial haya adrenalina; lo que cuesta más trabajo entender es la adrenalina de sobremesa, la que llega cuando el detenido ya no ofrece más resistencia que la de existir.
La Universidad pidió una investigación apegada a la legalidad y a los derechos humanos, y expresó su solidaridad con su comunidad. La presidencia municipal, en cambio, se tomó su tiempo: reaccionó un día después, cuando el asunto ya tenía denuncia formal y andaba circulando en los medios. Es la cronología habitual del arrepentimiento institucional: primero el silencio, luego el video, luego el contador de vistas y, hasta el final —cuando ya no queda de otra—, el anuncio solemne de que "habrá investigación".
Los jóvenes, por cierto, pasaron por barandilla, pagaron multa y salieron a presentar su denuncia. O sea: primero pagaron por haber sido confundidos y luego les tocó a ellos hacer el trámite para que alguien reconociera la confusión. En el manual guanajuatense de atención ciudadana, el confundido paga la consulta.
No pedimos milagros. Pedimos apenas que la palabra "confusión" recupere su significado original: ese instante breve y corregible en el que uno se equivoca y —en cuanto se da cuenta— se detiene. Todo lo que ocurre después de darse cuenta ya tiene otros nombres, y ninguno cabe en un comunicado de solidaridad. Mientras tanto, la lección para el estudiante promedio de la UG es incómoda: en el centro histórico conviene traer credencial vigente, cámara encendida y, por si las dudas, buena señal. Aquí lo que no se viraliza, no se investiga.
El problema es que la confusión, para ser creíble, debería terminar en el instante en que se aclara. Y el video —el mismo que obligó a todos a reaccionar— muestra lo contrario: a uno de los muchachos lo siguen sometiendo cuando ya está esposado y arriba de la patrulla. Uno entiende que en el forcejeo inicial haya adrenalina; lo que cuesta más trabajo entender es la adrenalina de sobremesa, la que llega cuando el detenido ya no ofrece más resistencia que la de existir.
La Universidad pidió una investigación apegada a la legalidad y a los derechos humanos, y expresó su solidaridad con su comunidad. La presidencia municipal, en cambio, se tomó su tiempo: reaccionó un día después, cuando el asunto ya tenía denuncia formal y andaba circulando en los medios. Es la cronología habitual del arrepentimiento institucional: primero el silencio, luego el video, luego el contador de vistas y, hasta el final —cuando ya no queda de otra—, el anuncio solemne de que "habrá investigación".
Los jóvenes, por cierto, pasaron por barandilla, pagaron multa y salieron a presentar su denuncia. O sea: primero pagaron por haber sido confundidos y luego les tocó a ellos hacer el trámite para que alguien reconociera la confusión. En el manual guanajuatense de atención ciudadana, el confundido paga la consulta.
No pedimos milagros. Pedimos apenas que la palabra "confusión" recupere su significado original: ese instante breve y corregible en el que uno se equivoca y —en cuanto se da cuenta— se detiene. Todo lo que ocurre después de darse cuenta ya tiene otros nombres, y ninguno cabe en un comunicado de solidaridad. Mientras tanto, la lección para el estudiante promedio de la UG es incómoda: en el centro histórico conviene traer credencial vigente, cámara encendida y, por si las dudas, buena señal. Aquí lo que no se viraliza, no se investiga.