660 mil semillas caen del cielo: el dron michoacano que por fin trae buenas noticias
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Buenas noticias desde el cielo michoacano, y no es sarcasmo... todavía. La Comisión Forestal del Estado (Cofom) informó que dispersó 660 mil semillas mediante drones agrícolas, como parte del programa 'Bio Renace: Dispersando Vida', que por segundo año usa tecnología para reforestar zonas de difícil acceso y terrenos golpeados por los incendios.
Vale la pena detenerse en la escena, porque es de las que reconcilian a uno con el siglo XXI: un dron michoacano surcando los cerros, no para vigilar ni para grabar, sino para soltar vida. Después de todo lo que hemos visto caer del cielo en este país, que un aparato no tripulado suelte semillas es casi un acto poético. Por fin la tecnología al servicio de la clorofila.
El argumento técnico, además, es impecable: hay laderas con tal pendiente, altitud e inaccesibilidad que ni el más entusiasta de los brigadistas sube sin arnés y sin renegar. Ahí el dron es héroe. Llega donde el humano no quiere, siembra donde el machete no alcanza y regresa a la base sin pedir viáticos. Ojalá cundiera el ejemplo.
Porque uno no puede evitar soñar en grande. Si el dron ya aprendió a encontrar los rincones imposibles del estado, quizá algún día lo mandemos a localizar otras especies en peligro de extinción: el bache reparado, el tramo carretero terminado a tiempo, la obra pública sin ampliación de presupuesto. Si con 660 mil semillas reverdecen los cerros, imagínense lo que haría esa misma flotilla dispersando puntualidad sobre las dependencias.
Mientras tanto, celebremos lo que hay: un programa que cumple dos años, que aprovecha la tecnología para algo que sirve y que apuesta por los cerros en lugar de por el aplauso fácil. Que Bio Renace siga dispersando vida. Y que, de una vez, nos vaya reservando un dron para dispersar sentido común, que en Michoacán también escasea y también crece si lo riegan.
Vale la pena detenerse en la escena, porque es de las que reconcilian a uno con el siglo XXI: un dron michoacano surcando los cerros, no para vigilar ni para grabar, sino para soltar vida. Después de todo lo que hemos visto caer del cielo en este país, que un aparato no tripulado suelte semillas es casi un acto poético. Por fin la tecnología al servicio de la clorofila.
El argumento técnico, además, es impecable: hay laderas con tal pendiente, altitud e inaccesibilidad que ni el más entusiasta de los brigadistas sube sin arnés y sin renegar. Ahí el dron es héroe. Llega donde el humano no quiere, siembra donde el machete no alcanza y regresa a la base sin pedir viáticos. Ojalá cundiera el ejemplo.
Porque uno no puede evitar soñar en grande. Si el dron ya aprendió a encontrar los rincones imposibles del estado, quizá algún día lo mandemos a localizar otras especies en peligro de extinción: el bache reparado, el tramo carretero terminado a tiempo, la obra pública sin ampliación de presupuesto. Si con 660 mil semillas reverdecen los cerros, imagínense lo que haría esa misma flotilla dispersando puntualidad sobre las dependencias.
Mientras tanto, celebremos lo que hay: un programa que cumple dos años, que aprovecha la tecnología para algo que sirve y que apuesta por los cerros en lugar de por el aplauso fácil. Que Bio Renace siga dispersando vida. Y que, de una vez, nos vaya reservando un dron para dispersar sentido común, que en Michoacán también escasea y también crece si lo riegan.