El meme, ese peligroso agitador: crónica de una ley que nos quiere calladitos
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Hay oficios que tiemblan ante ciertas noticias. El carpintero ante la termita, el marinero ante la calma chicha y el caricaturista ante una ley con la frase 'propiedad industrial' en el nombre. Esta semana nos tocó la nuestra: el PAN advirtió que la reforma a la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial —bautizada por el respetable como 'Ley Antimemes'— podría abrir la puerta a censurar memes, parodias y caricaturas si no incluye salvaguardas expresas para la libertad de expresión.
Uno leyó la nota y sintió el frío del que descubre que su medio de vida ahora podría requerir permiso. Porque el meme, hay que decirlo, es el último género literario verdaderamente popular de México: sin editorial, sin beca, sin subsidio, floreciendo en el terreno baldío del celular ajeno. Que alguien lo mire con sospecha oficial es, más o menos, como legislar contra el albur.
Nos consuelan con letra chica: el dictamen fue modificado en el Senado para precisar que las sanciones buscan aplicarse al uso de identidad oficial 'con fines de engaño' y con intención de cometer un ilícito. Traducción para el ciudadano nervioso: la burla, en principio, se salva; el fraude, no. Suena razonable. El problema es que entre 'en principio' y 'en la práctica' cabe toda la historia de este país, que es larga y no siempre risueña.
El dirigente panista pide que la legislación impida de manera explícita que periodistas, caricaturistas, creadores de contenido o ciudadanos sean sancionados por hacer crítica política mediante humor, parodia o memes. Y aquí, contra toda costumbre, este periódico satírico coincide con un político: rara conjunción astral que ni la vidente de la semana vio venir. Porque una democracia que necesita aclarar por escrito que la parodia no es delito ya nos está diciendo algo sobre lo cerca que estuvo de creer lo contrario.
Mientras tanto, seguiremos dibujando. Con salvaguarda o sin ella, con reforma o con su ausencia, el chiste tiene una virtud que ninguna gaceta oficial ha podido reglamentar: cuando lo prohíben, se cuenta más bajito y se ríe más fuerte. Que tomen nota los señores legisladores, preferentemente antes de que alguien haga un meme de esta misma columna.
Uno leyó la nota y sintió el frío del que descubre que su medio de vida ahora podría requerir permiso. Porque el meme, hay que decirlo, es el último género literario verdaderamente popular de México: sin editorial, sin beca, sin subsidio, floreciendo en el terreno baldío del celular ajeno. Que alguien lo mire con sospecha oficial es, más o menos, como legislar contra el albur.
Nos consuelan con letra chica: el dictamen fue modificado en el Senado para precisar que las sanciones buscan aplicarse al uso de identidad oficial 'con fines de engaño' y con intención de cometer un ilícito. Traducción para el ciudadano nervioso: la burla, en principio, se salva; el fraude, no. Suena razonable. El problema es que entre 'en principio' y 'en la práctica' cabe toda la historia de este país, que es larga y no siempre risueña.
El dirigente panista pide que la legislación impida de manera explícita que periodistas, caricaturistas, creadores de contenido o ciudadanos sean sancionados por hacer crítica política mediante humor, parodia o memes. Y aquí, contra toda costumbre, este periódico satírico coincide con un político: rara conjunción astral que ni la vidente de la semana vio venir. Porque una democracia que necesita aclarar por escrito que la parodia no es delito ya nos está diciendo algo sobre lo cerca que estuvo de creer lo contrario.
Mientras tanto, seguiremos dibujando. Con salvaguarda o sin ella, con reforma o con su ausencia, el chiste tiene una virtud que ninguna gaceta oficial ha podido reglamentar: cuando lo prohíben, se cuenta más bajito y se ríe más fuerte. Que tomen nota los señores legisladores, preferentemente antes de que alguien haga un meme de esta misma columna.