La capital estrenó su modalidad acuática: durmientes ponchallantas, un Camaro náufrago y árboles que dijeron hasta aquí
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Hay tormentas que solo mojan y tormentas que reorganizan la ciudad a su antojo. La del lunes fue de las segundas. En cuestión de minutos, la capital pasó de calurosa a navegable, con Protección Civil y Bomberos sumando incidentes a una velocidad que ni el propio cauce del Chuvíscar. El corte municipal terminó en setenta y cuatro reportes: cincuenta vehículos varados, quince árboles caídos, postes rendidos, bardas colapsadas y domicilios anegados. Un lunes productivo, si el producto es el caos.
El número artístico de la jornada ocurrió sobre la avenida de las Industrias, donde la corriente removió los durmientes de las vías del tren y dejó una emboscada perfecta: cerca de veinte automovilistas cayeron en los huecos y salieron con las llantas ponchadas. Que la lluvia inunde es rutina; que además desentierre la vía férrea para usarla de ponchallantas es, hay que reconocerlo, iniciativa. En Industrias y Sicomoro, por si faltaba, se abrió un socavón nuevo de tres por tres metros, prueba de que aquí el pavimento tiene vida propia y planes de fuga.
Los árboles tampoco se quedaron de brazos cruzados. Uno de unos treinta metros aplastó un auto en la San Felipe, otro se desplomó en la Panamericana y un tercero se acostó dentro del Tecnológico levantando la banqueta. En la avenida Tecnológico, un Camaro amarillo fue arrastrado por la corriente y su conductor, tras bajarse a intentar cerrar la puerta, también fue empujado unos metros por el agua: lección gratuita de que ningún auto deportivo le gana a un arroyo enojado.
El remate: apagones en diez colonias y, para el martes, clases a distancia en cinco municipios. Protección Civil pidió no salir de casa y recirculó el mapa de los nueve cruces peligrosos, ese que todos vemos por primera vez justo cuando ya vamos hundidos en el número tres de la lista. La ciudad, mientras tanto, aprendió otra vez la misma lección que olvidará hasta la próxima tromba: que el paso a desnivel es, en el fondo, una alberca esperando su temporada.
El número artístico de la jornada ocurrió sobre la avenida de las Industrias, donde la corriente removió los durmientes de las vías del tren y dejó una emboscada perfecta: cerca de veinte automovilistas cayeron en los huecos y salieron con las llantas ponchadas. Que la lluvia inunde es rutina; que además desentierre la vía férrea para usarla de ponchallantas es, hay que reconocerlo, iniciativa. En Industrias y Sicomoro, por si faltaba, se abrió un socavón nuevo de tres por tres metros, prueba de que aquí el pavimento tiene vida propia y planes de fuga.
Los árboles tampoco se quedaron de brazos cruzados. Uno de unos treinta metros aplastó un auto en la San Felipe, otro se desplomó en la Panamericana y un tercero se acostó dentro del Tecnológico levantando la banqueta. En la avenida Tecnológico, un Camaro amarillo fue arrastrado por la corriente y su conductor, tras bajarse a intentar cerrar la puerta, también fue empujado unos metros por el agua: lección gratuita de que ningún auto deportivo le gana a un arroyo enojado.
El remate: apagones en diez colonias y, para el martes, clases a distancia en cinco municipios. Protección Civil pidió no salir de casa y recirculó el mapa de los nueve cruces peligrosos, ese que todos vemos por primera vez justo cuando ya vamos hundidos en el número tres de la lista. La ciudad, mientras tanto, aprendió otra vez la misma lección que olvidará hasta la próxima tromba: que el paso a desnivel es, en el fondo, una alberca esperando su temporada.