Doscientos socorristas, dos tormentas y un mar que devuelve piedras
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Este fin de semana el Pacífico decidió que Jalisco necesitaba dos sustos por el precio de uno. Primero el huracán Polo; enseguida, la tormenta tropical Rachel, que amenaza con graduarse a huracán categoría 1. Y en medio del combo, el operativo de Protección Civil convertido en yo-yo.
La secuencia merece figurar en un manual de logística absurda: doscientos elementos y cuarenta vehículos rumbo a Puerto Vallarta y Cihuatlán por el primer meteoro. Baja la amenaza, mejoran las condiciones y de regreso a la base. Sube la siguiente amenaza y otra vez todos al camión rumbo a la costa. A este ritmo, los socorristas van a terminar la temporada con más kilómetros que un tráiler de doble remolque y con pleno derecho a tarjeta de viajero frecuente. Que quede claro: no es culpa de ellos, que hacen lo que deben; es que el cielo agarró el hábito de mandar advertencias con acuse de recibo.
Mientras el operativo iba y venía, el mar hacía lo suyo. En el Malecón, el oleaje arrastró piedras, arena y escombros hasta el andador y las autoridades tuvieron que acordonarlo, porque una caminata romántica frente al mar dejó de ser cita y pasó a ser deporte extremo. En todas las playas del puerto ondea bandera roja, con el clásico llamado a no meterse al agua que una parte del turismo tomará, como siempre, a título de sugerencia. Y por si faltaba drama, la fuerza del agua dejó expuestos nidos de tortuga bajo la arena. La tortuga, contra todo pronóstico, cumplió: puso sus huevos. Es más de lo que puede decir buena parte de la infraestructura costera.
En Boca de Tomates, los comerciantes ya empezaron a levantar por su cuenta las palapas que la tormenta les tiró, sin esperar a que llegue el apoyo, porque saben que entre la burocracia y la marea, gana la marea. Así que el saldo del fin de semana costero es este: un mar que devuelve piedras, unos guardavidas maratonistas, unas tortugas heroicas y unos enramaderos con martillo en mano. Bienvenida, Rachel; ojalá seas más discreta que tu antecesor. Aunque, viendo el pronóstico, mejor guardamos la esperanza junto a las velas y el radio de pilas.
La secuencia merece figurar en un manual de logística absurda: doscientos elementos y cuarenta vehículos rumbo a Puerto Vallarta y Cihuatlán por el primer meteoro. Baja la amenaza, mejoran las condiciones y de regreso a la base. Sube la siguiente amenaza y otra vez todos al camión rumbo a la costa. A este ritmo, los socorristas van a terminar la temporada con más kilómetros que un tráiler de doble remolque y con pleno derecho a tarjeta de viajero frecuente. Que quede claro: no es culpa de ellos, que hacen lo que deben; es que el cielo agarró el hábito de mandar advertencias con acuse de recibo.
Mientras el operativo iba y venía, el mar hacía lo suyo. En el Malecón, el oleaje arrastró piedras, arena y escombros hasta el andador y las autoridades tuvieron que acordonarlo, porque una caminata romántica frente al mar dejó de ser cita y pasó a ser deporte extremo. En todas las playas del puerto ondea bandera roja, con el clásico llamado a no meterse al agua que una parte del turismo tomará, como siempre, a título de sugerencia. Y por si faltaba drama, la fuerza del agua dejó expuestos nidos de tortuga bajo la arena. La tortuga, contra todo pronóstico, cumplió: puso sus huevos. Es más de lo que puede decir buena parte de la infraestructura costera.
En Boca de Tomates, los comerciantes ya empezaron a levantar por su cuenta las palapas que la tormenta les tiró, sin esperar a que llegue el apoyo, porque saben que entre la burocracia y la marea, gana la marea. Así que el saldo del fin de semana costero es este: un mar que devuelve piedras, unos guardavidas maratonistas, unas tortugas heroicas y unos enramaderos con martillo en mano. Bienvenida, Rachel; ojalá seas más discreta que tu antecesor. Aunque, viendo el pronóstico, mejor guardamos la esperanza junto a las velas y el radio de pilas.