Manual chilango para hundirse con licencia vigente
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Amaneció la capital con su elegancia habitual para el naufragio. El dólar volvió a asomarse a los 18 pesos —nivel que no veíamos desde marzo— y el peso hizo lo único que sabe hacer últimamente: encogerse en silencio, como quien mete la panza para la foto de la boda. Nos explican que la culpa es de los bonos del Tesoro y de la tensión en Oriente Medio, dos asuntos sobre los que el habitante promedio de esta ciudad tiene exactamente la misma capacidad de influencia que sobre la cola del Metro en hora pico. Uno quisiera protestar, pero cuesta hacerlo con dignidad cuando el billete verde ya cotiza más caro que el estacionamiento de la plaza.
Y como el bolsillo no encontraba fondo, llegó el Infonavit a darle una patadita de auxilio: subió 37 por ciento el precio máximo de las casas del Bienestar, de 630 mil a 862 mil pesos. Ochocientos sesenta y dos mil pesos por una vivienda para quien gana menos de tres salarios mínimos. Los matemáticos del hogar ya sacaron la cuenta y el resultado es un suspiro largo. Menos mal que el mismo día un experto en educación financiera nos recordó que el verdadero enemigo no es la hipoteca impagable, sino los 120 pesos diarios del cafecito y el antojo: gastos hormiga que suman 43 mil al año. Ah, claro. El problema no era el techo de casi un millón; era usted, comprándose un pan. Guarde ese pan y en apenas dos décadas junta el enganche.
Si de plano decide no comprar casa y mejor manejar, prepárese para el trámite más zen de la burocracia local: la licencia tipo A cuesta 1,142 pesos, y esa misma cifra aplica lo mismo si la expide por primera vez, si la renueva o si la repone. Es decir, perderla, tenerla o estrenarla vale igual. Una hazaña filosófica: la Secretaría de Finanzas ha logrado que el descuido, la lealtad y la novedad tengan el mismo precio. Nunca fue tan democrático extraviar la cartera.
En el rubro de obras que no ocurren, la Planta Productora de Mezclas Asfálticas recibió 100 millones de pesos adicionales y promete reanudar actividades en una o dos semanas. Dicho de otro modo: la planta que hace el asfalto para tapar baches estuvo, ella misma, en un bache. Uno esperaría que la fábrica del remedio no necesitara remedio, pero aquí hasta la solución pide chamba de rescate. Los baches, mientras tanto, celebran su aniversario con estabilidad laboral.
Que tampoco cunda el optimismo con el clima. Un estudio universitario advierte que la temperatura de la capital podría subir más de seis grados en un siglo, y otro nos recuerda que la ciudad se inunda no solo por el agua que cae, sino porque la cubrimos de concreto hasta donde alcanzó la mezcla asfáltica. Somos, en resumen, una plancha impermeable que se queja de que el agua no se infiltra. Es como sellar la coladera con cinta y sorprenderse de que la tina se desborde. La buena noticia es que el mismo lunes decretaron diez árboles como Patrimonio Natural; la mala es que un árbol tarda décadas en crecer y una banqueta de cemento se cuela en un fin de semana.
En el terreno de las ideas brillantes de provincia, en Nuevo León hubo que pedir castigo federal por unos tapetes con clavos repartidos para ahuyentar osos que bajan a las colonias. La solución vecinal al oso fue, básicamente, inventar el picaporte medieval a ras de suelo. Uno entiende el susto, pero cuesta imaginar la junta de condominio donde alguien levantó la mano y propuso: coloquemos cuarenta camas de faquir para la fauna silvestre.
Y para cerrar con altura institucional, la Suprema Corte tumbó la llamada Ley Esposa, que obligaba a los partidos a alternar el género de sus candidaturas a gubernatura en Durango y San Luis Potosí. La paridad se mantiene, faltaba más; lo que se cayó fue la obligación permanente de turnarse el volante como si el poder estatal fuera un coche familiar en carretera. El mensaje quedó claro: repartan, pero no por decreto de calendario conyugal.
Así cerró el día capitalino: el peso adelgaza, la casa engorda de precio, la licencia cuesta lo mismo la pierda o la cuide, la fábrica de asfalto se rescata a sí misma y la ciudad se ahoga sobre su propio cemento mientras estrena diez árboles de indulto. Guarde el cafecito. Va a necesitar el ahorro para el enganche… o para el paraguas.
Y como el bolsillo no encontraba fondo, llegó el Infonavit a darle una patadita de auxilio: subió 37 por ciento el precio máximo de las casas del Bienestar, de 630 mil a 862 mil pesos. Ochocientos sesenta y dos mil pesos por una vivienda para quien gana menos de tres salarios mínimos. Los matemáticos del hogar ya sacaron la cuenta y el resultado es un suspiro largo. Menos mal que el mismo día un experto en educación financiera nos recordó que el verdadero enemigo no es la hipoteca impagable, sino los 120 pesos diarios del cafecito y el antojo: gastos hormiga que suman 43 mil al año. Ah, claro. El problema no era el techo de casi un millón; era usted, comprándose un pan. Guarde ese pan y en apenas dos décadas junta el enganche.
Si de plano decide no comprar casa y mejor manejar, prepárese para el trámite más zen de la burocracia local: la licencia tipo A cuesta 1,142 pesos, y esa misma cifra aplica lo mismo si la expide por primera vez, si la renueva o si la repone. Es decir, perderla, tenerla o estrenarla vale igual. Una hazaña filosófica: la Secretaría de Finanzas ha logrado que el descuido, la lealtad y la novedad tengan el mismo precio. Nunca fue tan democrático extraviar la cartera.
En el rubro de obras que no ocurren, la Planta Productora de Mezclas Asfálticas recibió 100 millones de pesos adicionales y promete reanudar actividades en una o dos semanas. Dicho de otro modo: la planta que hace el asfalto para tapar baches estuvo, ella misma, en un bache. Uno esperaría que la fábrica del remedio no necesitara remedio, pero aquí hasta la solución pide chamba de rescate. Los baches, mientras tanto, celebran su aniversario con estabilidad laboral.
Que tampoco cunda el optimismo con el clima. Un estudio universitario advierte que la temperatura de la capital podría subir más de seis grados en un siglo, y otro nos recuerda que la ciudad se inunda no solo por el agua que cae, sino porque la cubrimos de concreto hasta donde alcanzó la mezcla asfáltica. Somos, en resumen, una plancha impermeable que se queja de que el agua no se infiltra. Es como sellar la coladera con cinta y sorprenderse de que la tina se desborde. La buena noticia es que el mismo lunes decretaron diez árboles como Patrimonio Natural; la mala es que un árbol tarda décadas en crecer y una banqueta de cemento se cuela en un fin de semana.
En el terreno de las ideas brillantes de provincia, en Nuevo León hubo que pedir castigo federal por unos tapetes con clavos repartidos para ahuyentar osos que bajan a las colonias. La solución vecinal al oso fue, básicamente, inventar el picaporte medieval a ras de suelo. Uno entiende el susto, pero cuesta imaginar la junta de condominio donde alguien levantó la mano y propuso: coloquemos cuarenta camas de faquir para la fauna silvestre.
Y para cerrar con altura institucional, la Suprema Corte tumbó la llamada Ley Esposa, que obligaba a los partidos a alternar el género de sus candidaturas a gubernatura en Durango y San Luis Potosí. La paridad se mantiene, faltaba más; lo que se cayó fue la obligación permanente de turnarse el volante como si el poder estatal fuera un coche familiar en carretera. El mensaje quedó claro: repartan, pero no por decreto de calendario conyugal.
Así cerró el día capitalino: el peso adelgaza, la casa engorda de precio, la licencia cuesta lo mismo la pierda o la cuide, la fábrica de asfalto se rescata a sí misma y la ciudad se ahoga sobre su propio cemento mientras estrena diez árboles de indulto. Guarde el cafecito. Va a necesitar el ahorro para el enganche… o para el paraguas.